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2 dic. 2010

Mente Vs Consciencia

  Cada pensamiento egóico deja una semilla en la Consciencia a modo de “estado de ánimo” que germina si lo nutrimos con más pensamientos, quedando esta Consciencia velada. Estos pensamientos u objetos mentales pueden ser placenteros o hirientes; la mente gusta de ambos en igual modo para mantenerse activa y dominante, y así velar a la Consciencia.

  Mente vs. Consciencia; ésta es la lucha que habrá de librar el Guerrero interior para conquistarse a sí mismo y conquistar, así, al Mundo, reencontrándose nuevamente con éste a través de la Realidad no filtrada por los objetos de su mente. La virtud o el vicio, la complaciencia o la vergüenza, los objetos de deseo o de rechazo, son como nubes blancas o grises que ocultan al Sol filtrando su Luz... la Luz de la Consciencia interior, que es experiencia directa del Mundo. Luz que muestra al “objeto en sí” o Noúmeno Kantiano, en lugar de a la proyección mental de la idea de éste sobre lo visto. Luz sin filtros; Luz de lucidez, de quietud en movimiento, de eficacia sin caprichos, de plenitud y unidad vacía de contenidos; nada tengo y todo cabe, de simplemente Ser y, ya  sin objetos internos o externos, tan sólo callar por dentro y por fuera... rasgar la traslúcida tela que cubre al Mundo y que nada estropee este dulce encuentro.

  “Un hombre puede conquistar diez mil hombres en batalla mientras otro hombre puede conquistarse sólo a sí mismo... sin embargo, éste último, es el que obtiene la mayor victoria” -Buda (Dhammapada)-

14 nov. 2010

Acerca de la verdadera felicidad

  Aún recuerdo la sensación de incredulidad que se me quedaba cuando oía a mi maestro decir “tienes que unificar cuerpo y mente para recuperar tu mejor estado”. Entonces, perplejo, me perdía en la literalidad de la frase y en medio de tanto absurdo racional no quería más que salir corriendo. Sin embargo, entre tanta confusión, finalmente, un pequeño e incomprensible voto de confianza se abría paso de entre lo más hondo; como una pequeña e incongruente pizca de fe que brotara de alguien que no cree en Dios. Y así me mantenía anclado a la silla. Sin negar que, al menos un par de veces, salí de allí refunfuñando mentalmente lo, cuanto menos, estúpido que todo aquello me parecía.
Trascurrido el tiempo… mucho tiempo, terminé comprendiéndolo en medio de una suave sonrisa que endulzó todo a su paso mientras me fundía en aquella danza sincrónica de movimiento de recipientes, sartenes, alimentos y yo mismo, inmersos todos ellos en la cocina, en una ordinaria tarde de una hora común en que la mayoría de nosotros preparamos el almuerzo. Me percaté, entonces, de que lo que la frase encerraba no podía ser captado íntimamente por mi intelecto y que esa codificación intrínseca de la misma sólo me podía ser revelada a través de las prescripciones recibidas por el guía, que incidían en la importancia del cultivo sostenido de la atención; tanto en la inmovilidad de la meditación como en la acción del movimiento.
Una atención que consiste, sencilla y pacientemente, en enfocar la mente en la inmovilidad o en la acción de forma sostenida, sintonizando con ellas. La mente tenderá a irse a sus cosas… no pasa nada; observar con atención hasta que amablemente vuelva, pero siempre con atención, siempre la atención. Y es en esta sintonización de la mente con el cuerpo (inmóvil o en acción), que se obtiene mediante el cultivo sostenido de la atención, en donde, finalmente, se experimenta subjetivamente como si cuerpo y mente se fundieran (unificaran) en una síntesis que, maravillosamente, habrá de generar algo mayor que la suma de ellos mismos. Este "algo mayor a la suma de ellos mismos" es una suerte de sinergia cuerpo/mente que, a falta de vocablo en lengua española que lo exprese, bien podríamos llamar espíritu o conciencia consciente de sí o Ser; en donde, finalmente, nos re-unificamos con nosotros mismos recuperando nuestro mejor estado. En el re-conocimiento de éste, nuestro mejor estado, experimentamos una dicha silenciosa a la que los Maestros Zen llaman, mediante su lenguaje escurridizo al intelecto, silencio atronador. Esto es simple plenitud o felicidad innata, desenterrada de entre tanta basura mental vertida al cabo de los días que termina separando nuestro cuerpo de nuestra mente.

  Y es tan sólo cuando alcanzamos este estado físico-psíquico de integración cuerpo/mente, que sinérgicamente deriva en el Ser o espíritu o conciencia consciente de sí que somos, cuando nos damos realmente cuenta de que antes de esto vivimos a medias o fragmentados por la mitad, con un cuerpo aquí y una mente allá (en la espesa bruma cerebral de la fantasía y la elucubración mental); anestesiados, así,  de la Realidad que es únicamente aquí y expresamente ahora.
Vivir no fragmentados, plenamente, vivir de verdad aquí y ahora en cuerpo/mente, en nuestro estado original que es nuestro mejor estado, es, por tanto, traer a la mente aquí con el cuerpo que está aquí, y hacerlo ahora a través de la atención; pero no se trata sólo de traer a la mente junto al cuerpo, sino que, además, hemos de permitir que ésta se funda, sencilla y naturalmente, con él, mediante, como decíamos, una síntesis sinérgica de cuerpo/mente que nos rebela al Ser o espíritu o conciencia consciente de sí que ya somos desde siempre.
Un Ser que somos, que es pleno en sí mismo por ser dependiente exclusivamente de sí mismo, que posibilita y sostiene al ego (o  yo virtual y parcial) con el que, erróneamente, nos terminamos identificando a causa de tanta elucubración mental vertida sin control. Un ego que depende, en última instancia, de las "ideas mentales" que de sí mismo, de los demás y del mundo se forma, y dependiente, también, de los demás egos con los que interactúa. Un yo al que llamamos virtual porque se nutre de "imágenes e ideas puramente mentales" y de "impresiones subjetivas construidas a base de dimes y diretes". Así, este  yo, de tanto elucubrar e imaginar a destiempo y durante tanto tiempo, termina creyéndose su propia representación del mundo, que no es el mundo en sí.

  Esta práctica, que es cultivo sostenido de la atención, nos permite comprender, finalmente, que la verdadera felicidad o felicidad innata -que es la que no depende de nada ni de nadie- habrá de nacer de la re-unificación cuerpo/mente, que sinérgicamente deviene en el Ser. Esta felicidad vital nacerá de la plenitud sin forma ni contenido mental alguno en que esta nueva unidad deriva, como pura conciencia de simplemente ser, que dependerá exclusivamente de sí misma.
“Yo Soy”, no depende de nada ni de nadie. Simplemente, Soy. Y cuando este "Yo soy" se actualiza plenamente a través de la atención sostenida, entonces, plenamente somos. No hay objeto mental (conceptual) que sume o reste nada a este vacío y a la vez pleno “Yo soy” que cada uno de nosotros somos. Y en esta plenitud desnuda que soy antes de vestirme con las miles de categorías mentales que tengo la capacidad de establecer, siento felicidad innata sin contenido concreto... Inmerso en el ingrábido abismo del Ser, sin categorías mentales que fragmenten mi Yo en miles de trozos desperdigados, aquí, nada me sobra y nada me falta.

  Pero en la vida ordinaria buscamos la felicidad, como sinónimo de plenitud, a través de ideas gestadas interiormente que perseguimos exteriormente. Sin darnos cuenta de que la "felicidad que es a la par plenitud" no está, realmente, en convertir esas ideas en objetos reales y situaciones objetivas, lo cual no es más que efímera consumación del placer mental (felicidad parcial), sino que, muy al contrario de lo que se cree, esta "felicidad plena" es un estado puramente interno que depende exclusivamente de sí mismo (de mí mismo, de ti mismo...); de nuestro Ser que somos.
Existen, por tanto, dos tipos de felicidad a las que el Hombre puede acceder: la felicidad parcial, puramente externa (dependiente de agentes externos), efímera, que se sacia en la consecución de algo y vuelta a empezar en la búsqueda de más felicidad (parcial), en una espiral desvitalizante sin fin. Y la felicidad plena, puramente interna, accesible en cualquier momento (mediante el método adecuado) y, por tanto, siempre presente, que se sacia en la manifestación consciente de ella misma pero no se agota; felicidad sin forma, sin categoría mental ni objeto físico ni situación concreta; felicidad innata que perdimos cuando nos volvimos imaginativos, especulativos y reflexivos.
 
  Sin necesidad de renunciar a la felicidad externa, aquélla que nos es promovida por las gratificaciones sensoriales que nos brinda nuestro mundo sensorial, hemos de recuperar nuestra felicidad innata para acabar con la enajenación provocada por lo sensorial, que derivó en la alienación a causa del deseo desenfrenado hacia lo puramente físico (de los sentidos), que, junto con "lo reflexivo, lo especulativo y lo fantaseado", terminaron enmudeciendo a lo puramente interior... Ahora, la mayoría de nosotros somos como burros hambrientos con anteojeras que persiguen la zanahoria al final del palo portado por quienes los montan, sin percatarse los pobres pollinos de que se desplazan por un prado cubierto de hierva fresca.

2 nov. 2010

Acción sin acción (wu-wei)

Cuando no tengo "intención" de hacer nada el mundo se sigue haciendo, y en este "hacerse el mundo" me hago yo con él. Así termino no "no haciendo nada", sino haciendo "natural y circunstacialmente" lo que "ha de ser hecho" mediante este "dejarse hacer" (por el mundo que todo lo hace).

1 nov. 2010

Yo en función de cada uno

  ¿Te ven los demás como tú mismo te ves? ¿La imagen que los demás se hacen de ti mismo depende exclusivamente de ti? ¿Tienes el control de lo que los demás ven en ti?. No lo creo.
 Los demás se relacionan contigo conforme a como te perciben. Y te perciben en función de como perciben tu mundo subjetivo (o personalidad) en relación al suyo propio. Si esta relación (entre su subjetividad y la tuya) es adecuada, te verán y tratarán de un modo; si no lo es, te verán y tratarán de otro.
Por tanto, que otro te perciba y, en consecuencia, te trate de una manera u otra no va a depender, exclusivamente, del modo en que eres (o como te percibes a ti mismo) ni tampoco del modo en que el otro es (o como él se percibe a sí mismo), sino que, más bien, este trato del otro hacia ti, dependerá de la relación que se genera entre las dos formas de ser (o modos en que cada uno se percibe a sí mismo).

  Pero, sucede que al pensarnos a nosotros mismos, nuestro ego, o centro psíquico de identidad, crea una imagen fija que se percibe como consistente en sí misma. Formada por infinidad de cualidades subjetivas con las que nos identificamos y mediante las cuales perfilamos la idea que de nosotros mismos tenemos. E, ingenuamente, suponemos que dicha imagen que interiormente percibimos de nosotros mismos es, igualmente, observable desde fuera; como si fuéramos una casa amueblada con paredes de cristal. Así, si pienso, por ejemplo, que soy inteligente, sexy, simpático, con altas cualidades morales, aunque también pienso que a veces tiendo a monopolizar las conversaciones, a ser el centro de atención y, alguna que otra vez, a ser algo irascible, pero, pese a todo, y por todo ello, en mi fuero interno continúo pensando que soy irresistible, de igual modo concluiré que todo el mundo habrá de percibirme irresistiblemente porque todo el mundo habrá de captar, junto conmigo, en mayor a menor grado, toda esa gama de cualidades subjetivas que pienso que soy. Es decir, me pensaré a mí mismo como un valor absoluto, en el sentido de que supondré que todos habrán de tener de mí la imagen que yo tengo de mí mismo. Supondré que en determinados aspectos secundarios, cada individuo me percibirá de forma distinta porque yo actuaré acorde con el roll social adecuado a cada momento (no me relacionaré exactamente igual con mi jefe, que con mi madre, que con un amigo, que con un simple conocido), pero, en lo fundamental, creeré que todos estarán de acuerdo en que soy un tipo irresistible o, cuanto menos, interesante (el razonamiento es extensible a alguien que no se tenga en tan alta estima presentando, incluso, un ego devaluado).
E igualmente sucede que esto no es cierto, que todo el mundo NO habrá de vernos, en lo fundamental, como nosotros mismos nos vemos y que, por ello, cada uno de nosotros NO tenemos un valor intrínseco absoluto; el mismo en cada tiempo y con cada persona. Muy al contrario, a causa de que el enjuiciamiento que el otro hace de nosotros es el resultado de la relación entre su modo de ser y el nuestro propio, nuestro valor es siempre relativo. Variando éste, por ello, en función del tipo de relación que nuestra personalidad establece con los diferentes tipos de personalidades de los individuos con los que interactuamos. O, dicho de otro modo, bien podríamos establecer que, el valor que los demás nos otorgan es una función que va a depender de cómo nos proyectamos nosotros hacia afuera y de cómo cada uno de los otros nos perciben o procesan la información que nosotros les enviamos. Así, esta función que mide la relación de un individuo con otros individuos (función de imagen social de un individuo, le podríamos llamar), sería una función que, al estilo de cualquier función matemática, nos mostraría que no existe un único valor (o valor absoluto) para la función dada. En este caso, la función sería: "qué imagen tengo yo para los demás", en donde yo estaría representado por la coordenada X y los demas u otros yoes estarían representados por la coordenada Y. Y, como sucede que la inmensa mayoría de los otros yoes con los que nos relacionamos son distintos entre sí y distintos a cada uno de nosotros mismos, el valor de esta función, a la que hemos denominado "qué imagen tengo yo para los demás", será siempre un valor variable (o valor relativo), que va a depender del punto en que nos encontremos en el eje X (yo y lo que proyecto de mí) así como de cada uno de los puntos en el eje Y (cada uno de los otros yoes y cómo me percibe cada uno de ellos). La forma de la función que se derive de los puntos de corte de la proyección de los diferentes puntos en Y (los otros yoes) con el punto en X (yo) podría ser muy dispar, dependiendo de si nosotros nos mantenemos constantes al interactuar con otros yoes (Xyo=cte. Yyoes=vble.) o, por el contrario, variamos nuestra forma de ser dependiendo de con quién interactuemos subjetivamente (Xyo=vble. Yyoes=vble.).
Visualizar esta sencilla función pseudomatemática, nos ayudará a comprender mejor la idea que defiendo de que cada uno de nosotros, o de nuestro yo, NO tiene un valor intrínseco absoluto que habrá de ser el mismo para cada uno de los demás que nos perciban, sino que, al contrario, este valor nuestro dependerá, como decíamos, de la relación que se establece entre nuestra forma de ser y la de cada uno de los otros “otros” (u otros yoes).
Así, la imagen que cada uno tenga de mí mismo dependerá de dos variables: esto es, de la información que yo envíe de mí mismo a todos los demás y de como cada uno de ellos procese dicha información; y no dependerá, únicamente, de la imagen que yo proyecto de mí como simplificadamente se tiende a creer.

  La comprensión de lo anterior nos ayudará, entonces, a NO empecinarnos en que el otro (o los otros) nos vea de la forma en que nosotros queramos que nos vea, pues, sencillamente, cada uno de los posibles otros sólo pueden experimentarnos en función de la relación o función que más arriba hemos desarrollado, y que muestra, finalmente, y de forma gráfica (si la representamos en papel), que nuestras personalidades no tienen un valor en sí mismas (absoluto) que cada uno de los demás habrá de ver, sino que, muy al contrario, este valor viene siempre perfilado por el otro que nos mira. Este valor depende siempre, como decíamos, de las interacciones (o puntos de corte en la función dada) de cada uno de nosotros con cada otro, siendo, por ello, éste, siempre un valor relativo (o dependiente en cada momento de cada contexto dado).
Esta comprensión, por último, nos descarga considerablemente de la visión egocéntrica en la que andamos inmersos al percatarnos de que nuestro yo (centro psíquico de identidad), en última instancia, no es algo fijo y sólido que dependa exclusivamente de sí mismo, de mí mismo; permitiéndonos, esto, ir por la vida menos contraídos, menos replegados sobre nosotros mismos. Nuestro yo (centro psíquico de identidad o ego) no es plenamente en sí mismo, sino que se completa en relación con otros yoes.

  Un yo o ego, el de cada uno, que abordado desde esta perspectiva relativista, se reconoce sin auto-consistencia, y se percibe como el resultado final de la resonancia que se produce en la interacción con otros yoes o egos. El buen yo, el ego de los mejores, es aquél que es siempre cambiante, que se adapta, que fluye como el viento entre los veinte mil recovecos y, ya sin forma sólida, no choca con las esquinas tratando, tercamente, de abrirse paso a través de ellas.
El mejor yo, el ego más sano, habría de ser un yo sin forma concreta, casi invisible, pero no por ello un yo débil e inoperante; pues lo que es sin forma concreta se adapta a todas las superficies y se mueve eficazmente sobre ellas. Un yo que no será ya un yo anclado al espejismo de la imagen mental "fija" de sí mismo, sino un yo anclado a su misma base, de la cual emana: el mismo Ser en cada uno y que no puede ser visto, del que sólo captamos sus reflejos: estabilidad, equilibrio, adaptabilidad, fuerza interior, capacidad compasiva, habilidad cognitiva, creatividad, sensibilidad, atención constante, capacidad resolutiva, acción eminentemente práctica... Siempre presente, siempre consciente... su silencio atronador todo lo contiene.

27 sept. 2010

La ofensa y el perdón

  Sólo a través de afrontar la verdad de lo que nos hiere se puede acceder al sincero perdón interior que sana la herida infringida por la ofensa. El que no quiere saber acerca de lo que le hace daño difícilmente podrá perdonar aquello que vagamente conoce.

  La relevancia del "perdón" que nace del Conocimiento; que disuelve al ofendido disipando al ofensor. La importancia del "perdón" que se siente desde dentro; la ofrenda hecha al infractor que no habrá de sanar sino a uno mismo. Ésta es la función del perdón y no otra...

  ...pero sólo hasta que nos damos cuenta de que la "ofensa" es un espejismo que se le aparece al alma y el "perdón" una imagen onírica creada por ella misma.

14 sept. 2010

El destino

El resto del tiempo que nos queda será nuestro destino;
el Universo confabulando, creando su propia Historia.
Inevitable fin, en el que no somos más que partículas al viento.

12 sept. 2010

Acerca del deseo

La raíz de la ansiedad y la infelicidad vitales está en el desear, desear y desear sin fin.

La mente "siempre quiere". Se alimenta del "desear". Y para mantenerse dominante siempre quiere lo que no tiene aquí y ahora. Da igual que lo que en el momento haya obtenido sea la consecución de un deseo, transcurrido el efímero período de chute cerebral que esta consumación implica, para mantenerse activa y dominante, la mente habrá de seguir "deseando" algo que no tenga en este momento. Desear, desear, desear… objetos, personas, situaciones... proyectarse en el deseo hacia el posible futuro en que éste sea consumado, anestesiando, así, nuestro presente mientras soñamos despiertos nuestro futuro. Del mismo modo que despertamos de las ensoñaciones del estado de sueño hemos de despertar de las ensoñaciones de la vigilia. Despertar a la Realidad no filtrada por los pensamientos dominantes y sus objetos de deseo o rechazo, para, así, gestionar adecuadamente el "deseo". Hacerlo desde el Ser desenfocado que se manifiesta en la sonrisa del sedente, en lugar de hacerlo desde el ego, como centro mental de acumulación de valores, ideas y objetos mentales.
Desear no es malo, nos moviliza. Alienarse en el deseo, no es conveniente; nos desconecta de la Fuente del Presente en la que verdaderamente somos, y sólo desde la cual nuestros deseos y acciones para conseguirlos se tornan verdaderos.

2 jul. 2010

La mente como principio auto-organizado que se resiste a re-organizarse

   Es interesante reflexionar acerca de cómo nos cuesta dar nuestro brazo a torcer...
En el peor de los casos, concluimos que esto es una cuestión de orgullo personal y, en el mejor de ellos, que esto es debido a que nuestros “valores”, gestados interiormente, no nos lo permiten. En ambos, asumir que nos hemos equivocado, o sentir profundamente que tal vez nuestros principios hayan de ser revisados, implican una amenaza para el yo, como centro psíquico de identidad, a través del cual vivenciamos y experimentamos nuestras relaciones subjetivas con otros yoes.


   La mente humana, a partir de un cierto grado de desarrollo -esto es, a partir de que la estructura egóica se consolida-, tiende a estancarse y, a partir de ahí, a perpetuarse a sí misma tal cual ha quedado; como en una especie de “aquí me planto, pues ya he llegado”. Es como si nosotros mismos, por propia iniciativa, adelantásemos la señal de meta unos cuantos kilómetros.
Centrándonos, ahora, en los valores asimilados culturalmente, como la más noble de las causas que nos impiden reconocer que tal vez estemos actuando erróneamente, nos percatamos de que, a partir de un determinado momento del desarrollo interior, que viene a ser cuando, metafóricamente, como decíamos, adelantamos la meta y nos plantamos, la mente se reviste, a sí misma, de una especie de identidad gestada a través de los valores recopilados a lo largo de su desarrollo y maduración. Valores propios del medio cultural en que el sujeto se haya inmerso, que son asimilados por el mismo mediante la educación social; el yo egóico, entonces, se gesta y se manifiesta.
La autoconciencia emergente apuntala los valores que le dan vida, que la pisibilitan... cristalizándose ésta. La moldeabilidad, entonces, desaparece; pues el sentido de identidad (de yo) que se genera, consecuencua de esta autoconciencia, es la propia estructura apuntalada, fija. Yo soy yo porque creo en esto y aquello, y no creo en aquello y esto otro. Para, más tarde, este sentido del yo, que es consecuencia de esta conciencia de sí o autoconcienca, sentirse amenazado, como morir, cuando esos valores que lo apuntalan y le dan forma, son atacados. Cuando esos principios o valores, asimilados interiormente a lo largo de años de aprendizaje cultural (cognitivo y emocional), empiezan a ser sacudidos fuertemente por la Vida misma, la mente se siente, entonces, agredida porque ella misma es esos valores.
Cuando algo o alguien nos mueve a cuestionarnos algunos de estos principios vitales por resultarnos no operativos y/o dañinos, y decidimos, intuitivamente, dejar de creer en ellos, estos mismos principios vitales empiezan a no ser en nuestro interior y parte de nuestra yo comienza, simultáneamente, a no ser; pues él mismo, como decíamos, es esos valores que están desapareciendo al no creer ya en ellos. Ese "no ser interior" de algo que, previamente "sí ha sido interiormente" se experimenta, subjetivamente, como una muerte (psicológica) de una parte de nosotros mismos, de nuestro propio yo. Y esto asusta, casi tanto como si lo que se nos estuviera muriendo fuera una parte de nuestro cuerpo.
El cambio psicológico, como ese punto de inflexión al que a algunos nos somete la Vida, nos cuesta; nos da miedo. Una vez la estructura de la autoconciencia se ha afianzado, hecho rígida, cabría decir, enquistado, mediante el afianzamiento, apuntalamiento, de los valores que la posibilitan, no nos resulta nada fácil derrumbar el templo de estos valores nuestros que ya no nos sirven para volver a construir, desde los cimientos, otro nuevo. Esto implica, como en todo cambio que tome la forma de una desestructuración que derive en una nueva estructuración, el radical paso de un estado (psíquico) a otro. Implica una desorganización psíquica que se experimenta, subjetivamente, como una muerte (psicológica), o puede que como una enajenación mental transitoria, o puede que como ambas a la vez; pues el yo se tambalea desde sus pilares, que son su sistema de valores concretos, para, más tarde, volver a re-organizarse en una nueva estructura psicológica que se experimenta como un re-nacer (psicológico) nuevo, más integrado y operativo. Así, ser valiente y entregarse a lo inevitable para, más tarde, ver qué hay detrás de todo ese caos, trae consigo la recompensa. Si todo marcha como debiera, detrás del caos que destruye el orden (psícológico) establecido, sólo hay re-organización en un nuevo orden (psíquico) que resuelve las flaquezas del orden anterior. Si bien, me temo, éste habrá de traer consigo sus propias nuevas flaquezas intrínsecas, que habrán de ser resueltas en otro nuevo orden, el cual, a su vez, traerá sus propias y nuevas flaquezas... Y así, una y otra vez, transitando del orden al caos y de éste al nuevo orden hasta que, fianlmente, ya no haya estructuras psíquicas dominantes, construídas a base de valores culturales aprendidos, sino, tan sólo, Ser consciente...


   Es importante hacer notar, darse cuenta, de que la mente en sí misma es esos valores aprendidos y la capacidad de reflexión que éstos conllevan. La mente se condensa, aparece en la Conciencia, a través de la gestación de conceptos y de valores que le dan forma, al mismo tiempo que la hacen posible.
La Conciencia es la sensación inconsciente de Ser; la mente son los conceptos y valores que ese “Ser” asimila/crea para sí, por medio de la enculturación, para hacerse, de este modo, “consciente”. Consciente, a través de los valores de la mente que le llevan a reflexionar, a darse cuenta de que reflexiona y, por tanto, de que "es"; de que hay un “yo” que reflexiona.
Y es de este modo, como el Ser inconsciente del recién nacido que, potencialmente, es todas las posibilidades psicológicas, se va actualizando a lo largo de su desarrollo cognitivo y emocional en algo concreto, en un modo psicológico concreto -perfilado por su cultura y situación concreta-, para interactuar, así, con los otros yoes -o modos psicológicos concretos-, conforme a las reglas del juego (inconsciente) de la Cultura (dada)... Y aquí es en donde nos plantamos adelantando, sin tan siquiera darnos cuenta, la señal de meta. Sin percatarnos de que esta meta está, realmente, más allá; en ese otro espacio que hay detrás de la convencional señal de llegada, pero inmediatamente aquí y ahora; en donde la inicial sensación inconsciente de ser que es la Conciencia pura del recién nacido, como la tábula rasa que preconizara John Locke, se torna, entonces, pura sensación "consciente" de Ser, más allá, o inmediatamente antes, de cualquier valor aprendido externamente por medio de la Cultura. Así, en una última re-organización o transformación interna, mediante la más desconcertante de las reestructuraciones del yo, el centro de gravedad de la identidad personal se desliza “a oscuras” o sin reflexión posible que mantenga dominante a la conciencia autoreflexiva, y lo hace desde esta conciencia autoreflexiva a la que, eventualmente, deja atrás, hasta la simple e inmediata conciencia "consciente" de Ser. En donde, finalmente, se nos revela que existe la idea innata del Bien, como el propio Locke (empirista moderado) y los racionalistas nos dijeran. O, como concretara Platón, existen las ideas innatas de lo Hermoso, de lo Bueno y de lo Verdadero, como tres aspectos del mismo principio del Bien que derivarán en la moral, la ética y el Derecho Natural (del cual surgen a su vez todos los demás Derechos).
Y es que sucede que, a partir de este momento, inmerso en la Pura Conciencia Consciente de Ser, se vislumbra que la autoconciencia reflexiva, que es anterior, intuye esta idea del Bien y sus expresiones debido a que la misma Conciencia Pura Consciente de Ser es plenamente ese Bien que los racionalistas, como centros psíquicos de autoconciencia reflexiva, intuyen y, posteriormente, representan como idea del Bien innata. La Pura Conciencia de Ser es plenamente lo hermoso, lo bueno y lo verdadero sin forma, que se filtra a través de la forma perceptible cuando el Ser que somos se hace consciente de sí, y lo hace sin necesidad de conciencia reflexiva alguna que lo guíe por el Mundo manifiesto.
De este modo, el Ser consciente de sí no es “la idea” del Bien con sus tres expresiones que son simultáneamente "las ideas" de lo Hermoso, lo Bueno y lo Verdadero, sino el Bien mismo que se expresa simultáneamente en la hermosura misma, la pura bondad o compasión y lo único que es realmente verdadero.


    Y sucede que la gran mayoría de nosotros vemos lo anterior, en el mejor de los casos, como una mera “idea” que se filtra en nuestras mentes, a través de palabras de otros que recibimos desde fuera. Y no lo sentimos como puro hecho empírico interior que se expresa en la más elemental de las cogniciones conscientes, porque nos cuesta crecer interiormente, evolucionar, progresar... ir más allá de la señal de meta que, consensuadamente, hemos adelantado. E ir más allá es, en consecuencia, no plantarnos en donde todos lo hacen y continuar creciendo interiormente, evolucionando, progresando, una y otra vez, hasta el Ser mismo consciente de sí que es la verdadera Meta. Y nos cuesta ir más allá, como los seres conscientes que somos, porque a la mente consciente, que subjetiva y pobremente somos, le da miedo desestructurarse; pues esto implica su propia muerte (psicológica) y/o enajenación mental (transitoria).
Esta sensación subjetiva de muerte (psicológica) y/o (transitoria) enajenación mental es la que mueve a nuestra mente a conservarse a sí misma y a que nosotros, por tanto, no evolucionemos en un Hombre (o Mujer) nuevo.
Para mantener las viejas estructuras que ya no nos valen, sin incurrir en la más absoluta incoherencia, esta mente estrecha recurrirá al autoengaño que, para no ser visto, se ocultará en lo más recóndito de nuestra conciencia manifestándose, subrepticiamente, en forma de depresión vital.


   Obligar a la mente, desde la intuición que está más allá del autoengaño y el miedo, a morir en su vieja estructura para renacer en una nueva estructura más integrada y operativa, es hacer que un nuevo centro de identidad surja. Obligarla a deshacer sus viejas estructuras, con la fuerza y la confianza que nos puede aportar la intuición, como pequeño punto luminoso de conciencia que siempre está más allá, al fondo, es crear un nuevo yo desde la valentía del que siempre quiere ser mejor; el guerrero de la Luz, que sabe que de ningún cobarde se escribió jamás ninguna gran historia. Que sabe que las historias contadas, mismas, son enseñanzas que, en definitiva, nos instan a evolucionar, a progresar, a través de diversas muertes y resurrecciones, como en el mito del Ave Fénix que surge de sus cenizas, nueva, renovada, con más esplendor que su anterior. Evolucionar interiormente, morir y volver a nacer (psicológicamente), es, por tanto, mirar hacia atrás y ver como el fondo (el Ser) permanece, pero la forma (el yo mental) cambia...


   Y así debería de ser de continuo; un yo mental en perpetuo cambio, dispuesto a re-morir y re-nacer constantemente hasta que, en una última muerte y en una última resurrección, tan sólo haya Ser consciente de sí, en donde la mente ya no sea el centro de gravedad que atrae y se apodera de nuestra sensación de yo, sino tan sólo una herramienta al servicio de nuestro Ser, que no es otra cosa que nuestro verdadero yo. Nuestro real y absoluto centro de gravedad, la gravedad que atrae, que unifica; la gravedad de lo hermoso, lo bondadoso y lo verdadero... la gravedad del Amor, a través del cual, como en un agujero negro, la Luz de la Conciencia se filtra para reconocerse a sí misma en el Universo entero.

14 may. 2010

Amor a cuatro patas.

Amar a cuatro patas.
Entregarse por la retaguardia al falo cargado…
la carne habrá de abrirse.
Las fosas nasales dilatadas recrean el lascivo olor a semen.
La piel tensada vierte el sudor a perro que busca y busca…

Amor a cuatro patas.
Amor animal repleto de Ser de Amor olvidado.
Obsceno olor a néctar de carne y sexo.
Divina libido que no recuerda su origen.
Amor perdido, amor caído;
olvidado de sí cuando nació hecho carne.
A tientas, se busca con los dedos que rastrean las pieles y escarban los agujeros húmedos.
Amor que buscas fuera, halla dentro… y reconoce la verdadera naturaleza del Amor de Uno.

Ser de Amor, Amor de carne viva… yérguete y contempla que Amor es lo que realmente eres.
Por ello, cuando los amantes se enfrentan y se miran a los ojos de cerca se pierden el uno en el otro.
Por ello, tarde o temprano, añorarás "amar" más allá del desear a cuatro patas.
Levántate, amor, porque Amor es lo que realmente eres; porque Amor es lo que realmente somos.

Pero atrapado en estos cuerpos, ese Amor sido a sí mismo se pierde y se busca por entre las carnes y la mente. Y cuando dos cuerpos amantes se encuentran y se sienten con los genitales, con el entendimiento y el espíritu, entonces, este Amor inmanente se ha hallado a sí mismo en el samsara.

Entonces, deja de buscar, amor, como un perro, y vuélvete a entregar como un animal amando a cuatro patas, pero habiendo ya reconocido que Amor es lo que realmente eres; que Amor es lo que realmente somos.

Verdadero Amor a cuatro patas.

5 abr. 2010

Dos almas

Dos almas anudadas por el destino rasgan la atadura.
Un alma, ya libre de lastre, vuela hacia las alturas;
Otra alma, sin punto de agarre, cae en el abismo.
Abajo, la tiniebla dice: Lo que veo es todo lo que hay.
Arriba, la Luz sabe que debe su brillo a la oscuridad.

El despliegue del Kosmos y de la Conciencia

  La experiencia contemplativa nos revela, de forma inequívoca, que todo es, por llamarlo de alguna manera, Ser o Conciencia. Este Conocimiento último (Gnosis, en occidente), se expresa en forma de la mayor evidencia jamás experimentada, como lo único que es perfectamente real. Consiste, como se dice en el Zen, a modo de metáfora, en “cruzar a la otra orilla”, en una última transformación interna (metanoia), en donde la objetividad que a la mente proporcionan los sentidos se reconoce como la subjetividad de la Conciencia, y en la que toda realidad ordinaria se construye sobre esta Realidad Trascendente. La expresión cognitiva se torna, entonces, más real -en el sentido de más exacta- en la experiencia contemplativa que en el estado ordinario de conciencia, al cual se le considera, desde esta visión omniabarcante, como una especie de construcción sobre la Realidad dada de forma espontánea. Reconocer este hecho es, como se dice en el budismo, Despertar. Despertar a la espontaneidad pura de la Realidad, tal cual es, sin perjuicio de la realidad que nuestra mente construye para nosotros, pero que es parcial.

  Parcial, en el sentido en el que el hindú, Sri Nisargadatta Maharaj, lo expresa cuando dice: “Tomamos la palabra por la cosa, el reflejo por la Realidad; e imponemos a la verdad nuestra propia versión equívoca de la vida”.
De forma más concreta, lo expresa el semántico, A. Korzybski, en la frase: “El mapa no es el territorio que representa”.
El físico e historiador de la ciencia, Thomas Kuhn, en su libro, La Estructura de las Revoluciones Científicas, también se refirió a esta idea, a la que abordada desde el conocimiento del mundo que nos proporciona la ciencia, denominó “paradigma”.
Un paradigma sería, desde esta perspectiva científica, en palabras de Kuhm, “la conglomeración de creencias, estimaciones, valores y métodos compartidos por los integrantes de una comunidad científica determinada". Y añade, "cuando un paradigma es aceptado por la mayoría de los miembros de la comunidad científica pasa a ser el enfoque obligatorio de los problemas científicos”. “Desafortunadamente -continúa- también se le suele confundir con un cuadro fiel de la Realidad, en lugar de acogerlo como plano útil, aproximación ajustada y modelo para la organización de la información conocida. Esta confusión del mapa con el territorio es típica de la historia de la Ciencia y, según muchos, de la historia de la Humanidad”.
Einstein, expresó esta misma idea de no confundir el paradigma científico con la Realidad que está tratando de explicar, comparando el Universo con un reloj imaginario de exquisita precisión y que fuese, literalmente, imposible de abrir para observar el mecanismo en su interior. Einstein dijo, que podremos imaginar diversos modelos teóricos acerca de cual será el mecanismo interno del reloj, cada uno de ellos explicando con mayor exactitud que sus predecesores las diferentes funciones del reloj y prediciendo, en consecuencia, más matices del movimiento de sus agujas y demás componentes. Pero nunca podremos saber si, realmente, el modelo mecánico que hemos pronosticado como válido es el que, ciertamente, está en su interior(1)
Ken Wilber, en su libro La Conciencia del Ser (Antología de sus textos espirituales), habla -a su especial manera- del paradigma. Y lo hace, además, abordándolo desde lo que implica la inevitable y continua sucesión de cambios de paradigma, a lo largo de la historia de la Humanidad pasada, presente y futura.
Él designa a este paradigma, o la estructura determinada en que el Ser Humano conoce, utilizando el término griego Kosmos. Dice, lo siguiente: “El Kosmos avanza, ininterumpidamente, hacia delante buscando en el mundo del espacio y el tiempo el summun bonum sin forma y atemporal; algo que no encontrará jamás ya que la evolución se lleva a cabo en el mundo de la forma, que se desarrolla a lo largo del tiempo”. Continúa, diciendo: “Y puesto que nunca lo encontrará, jamás dejará de buscar. La rueda del samsara girará incesantemente. Ésa es la pesadilla brutal que se oculta en su corazón”.
La pesadilla del Kosmos evolucionando, por tanto, es que nunca dejará de hacerlo (Con excepción de que, finalmente, el Universo termine colapsándose sobre sí mismo, claro está)
Aquí, Wilber, introduce un punto de vista muy interesante acerca de la evolución...

  La evolución, la evolución... La evolución “sin fin” hacia el “Punto Omega”; El summun bonum sin forma, inalcanzable por definición en el mundo de la forma y de las ideas, pero que, sin embargo, otorga a éstas una “direccionalidad en su desarrollo”; La ortogénesis, como evolución condicionada de la Naturaleza, defendida por los científicos más atrevidos, avanzando hacia la Utopía de Platón, como el mundo perfecto, final e inalcanzable.
La constante evolución, produciendo cambios de "paradigma" cada vez más abarcantes, más relacionales, más próximos al inalcanzable Punto Omega. Del paradigma Mágico tribal al Mítico de las primeras civilizaciones, del Mítico al Racionalista/Newtoniano, de éste al Cuántico/relativista y de aquí, a quién sabe dónde...
La evolución desplegándose en el mundo de los objetos y las ideas, que crea soluciones a los interrogantes ya dados; trayendo, éstas (soluciones dadas), consigo, nuevos interrogantes, que habrán de ser resueltos a través de nuevos órdenes interpretativos de la Realidad, que se irán gestando en el proceso de la evolución del Kosmos; entendido, éste, como Sistema de Conocimiento o Paradigma.
Todo esto habrá de suceder -siempre sucede- desde un nuevo despliegue -a modo de nuevo paradigma-, más abarcante que el anterior; que lo incluye y lo resuelve a la par que genera, ineludiblemente, sus propias incógnitas inherentes a él que habrán de ser resueltas en el siguiente despliegue o nuevo paradigma, con sus correspondientes intrínsecas incógnitas.
Y así, una y otra vez... Ad Infinitum. Creando, el eterno Kosmos en su "despliegue", en su desarrollo siempre hacia adelante, la infinidad de objetos e ideas posibles, a lo largo del espacio y el tiempo.

  Y de aquí se deriva el principal error del paradigma científico, tan adorado hoy día -adorado como al Dios menor al que sustituyó-. Me refiero, naturalmente, al error originado en la no captación de la esencia del Cosmos (Universo), que se deriva, exclusivamente, de la experiencia contemplativa. Una no captación de la “esencia”, que se observa al pretender que la ciencia, algún día, explique todo el Universo en “la gran teoría”. Sin llegar siquiera, ésta, a intuir, en su delirio de grandeza, lo que por su propia vía nunca conocerá; que la Realidad no nos puede ser dada, racionalmente, de una sola vez. Ésa es la Utopía y, al mismo tiempo, la falacia fundamental del científico, que ha convertido la ciencia en ciencifismo -Todo esto, sin perjuicio de los magníficos avances llevados a cabo en este ámbito-

  Ésta es, por tanto, la pesadilla del mundo de los objetos y de las ideas. La rueda del Samsara que girará incesantemente; La comprensión última de que la incógnita, lo negativo, lo que nos aparta de la plenitud, de la totalidad, es algo inherente a este mundo de las formas y las ideas, al mundo tal y como lo conocemos. Ésta es la Primera Noble Verdad del Budismo, referida al sufrimiento que proporciona lo anterior.
Llegados, entonces, a este punto del desarrollo humano, las terrenales y efímeras gratificaciones sustitutorias de la plenitud utópica, las especulativas promesas de una vida plena más allá de la muerte, ya no son suficientes para el ego atrapado en la pesadilla de la imperfecta existencia, en el sufrimiento inevitable de "ser en el mundo".
Y así sobreviene en el individuo plenamente consciente de ello, la desesperación del ego que se resiste a sufrir en el mundo de los objetos y las ideas. Un mundo en el que, desde cualquier paradigma o nuevo orden desde el que se contemple, nunca será perfecto.
Entonces, cuando se comprende esto, el corazón se congela y el Nihilismo cobra vida, y hace acto de presencia haciendo del Hombre su morada.

  Y, en un último acto de lucidez, sin nada más que hacer que rendirse a lo evidente, sin lucha, sumido en la “noche oscura del Alma” (San Juan de la Cruz), en la plenitud de la abrazada desesperación... estate en silencio y realiza, sin intención de hacer nada, el último despliegue fuera del espacio y del tiempo y dentro de ti mismo, y comprende el milagro de la existencia, más allá de toda ciencia y por encima del bien y del mal.
La dicha de ser aquí y ahora; ¡hay tanto en tu interior que ver a tu alrededor!
Eternamente yaciendo en tu Verdadero rostro. Tu rostro Original que siempre ha sido, es y será: El ni-nacido ni no-nacido que ni muere ni no muere, perceptor de la Verdad, la Belleza y la Bondad (Platón) de lo que, simplemente, "es"; el Uno, sin partes.
Y, entonces, tu pequeño "yo" habrá comprendido que todo ha merecido la pena. Que "los últimos serán los primeros" (Jesucristo) y que "a gran confusión, gran iluminación" (proverbio Zen).

   (1) Referencia extraída del libro de Gary Zucab, “La danza de los Maestrus de Gu-li”

4 abr. 2010

Como el Ave Fénix

Y, como el Ave Fénix, surgió de sus cenizas
un Hombre nuevo hecho de fuego.
Su fuego, la llama de Amor viva.
Sus cenizas, el amor ya muerto
con el que irradió al amante
hecho de carne prieta, de mente ansiosa
y un corazón que estaba ya seco.

4 feb. 2010

Acerca de la realidad virtual

   Más abajo presento un enlace al Blog “Menta y Canela”, de Dokushó Villalba, en el que éste nos ofrece un magnífico texto. En él, Villalba reflexiona acerca de una sociedad occidental cada vez más "alienada"; acerca, en definitiva, de unos individuos cada vez más instalados en ese "mundo virtual" que nos crea nuestra mente y que nos transporta, continuamente, a "otro lugar imaginado"; alejado del "aquí", repleto de Luz no-usada, y del vivo “ahora”, en el que la Realidad dichosa del Ser está eternamente "presente". Él centra su reflexión en la experiencia de Internet, como fenómeno sociológico. Una reflexión que es extensible, sin duda, a la totalidad de “la vida cotidiana”; de la Realidad misma. De una Realidad cada vez más alienada, “distorsionada” por una mente que nos termina poseyendo, alejándonos de "la realidad misma" para vivir en "mundos alternativos fantaseados" que nos "secan", que consumen gran parte de nuestra "energía vital", y que nos impiden entregarnos al "cien por cien" a nuestro trabajo, a nuestros amigos, a nuestras familias... a la persona que nos ama; pues parte de nuestra "vitalidad" está redireccionada hacia mantenernos "enchufados" a esas "alternativas mentales a la Realidad" en las cuales, continuamente, queremos estar, como en una adicción; en ese otro "mundo virtual imaginado" en el que nuestra "mente" reina y en el que no nos damos cuenta de que tener aspiraciones o, simplemente, querer cambiar una situación personal, nada tiene que ver con estar, casi de continuo, mentalmente, en “otro lugar” construido por la fantasía o el morbo, a base de monólogos internos e imágenes recurrentes. Muy al contrario, este proceder comúnmente aceptado, es la base de la creciente “alienación del Hombre”, acerca de la cual tanta tinta se ha gastado. Y lo cierto, es que no nos damos cuenta de que el hecho de que ésta sea la “práctica mayoritaria” no quiere decir, en absoluto, que ésta sea la “mejor práctica”.

   Nuestra mente es un maravilloso instrumento cuando está al servicio de nosotros mismos, permitiéndonos, así, actuar eficazmente en nuestras acciones cotidianas, permitiéndonos crear y recrear, eventualmente, otras posibilidades; y se torna un "parásito" de nuestro "verdadero yo", cuando estimulada por los "gurúes de la publicidad" y por los “faranduleros televisivos de la frivolidad y del lujo”, ésta (mente), sin control, termina absorbiendo gran parte de nuestra fuerza “vital” para transportarnos, en un viaje con muchos tickets de ida pero pocos de vuelta, a "ese otro mundo imaginado" en el que, continuamente, queremos estar; en el que somos más guapos, más irresistibles y en el que carecemos de los complejos y de las frustaciones que nos provocan los ingenieros publicistas y los embajadores de la frivolidad y del lujo, al estafarnos con sus “fantasías”. “Ese otro lugar imaginado” en donde, finalmente, "el morbo" nos guía por las sendas del continuo “placer virtual” o mental que nos insta, por último, a buscar, a materializar, el placer sensorial fuera de nuestra realidad cotidiana. En esos otros espacios físicos, en donde otros alienados adictos a la alienación, como nosotros, buscan hacer realidad sus propias fantasías o realidades virtuales que los alejan, al igual que a nosotros, de sus vidas cotidianas para, finalmente, ellos, junto con nosotros, culminar su explosión orgásmica de placer físico en el reconocimiento de que “la fantasía”, realmente, está “vacía”, arrojándonos, de nuevo, de una patada, a esta realidad cotidiana; que es la única verdaderamente real y en donde se da la verdadera sensualidad de la que nunca querríamos escapar, y en la que, tras el éxtasis carnal, lejos de salir corriendo, querríamos sumirnos en un eterno abrazo.

   Una realidad cotidiana, repleta de auténtica sensualidad y placer físico que nos resistimos a valorar por culpa de una mente que nos posee y que siempre quiere estar en otro lugar, que siempre quiere algo que no tiene aquí y ahora.
Así, anestesiados de la Realidad, soñamos despiertos y andamos dormidos; soñando otros mundos mientras dormimos, soñando otros mundos mientras no dormimos. Sin nunca Despertar, realmente. Es por esto que al re-conocimiento de la “realidad en sí” o de la “realidad inmediata” o la Realidad (con mayúscula), las tradiciones orientales le llaman Despertar. Despertar a la realidad inmediata más allá de cualquier fantasía, ideología política o creencia religiosa, que está acaeciendo aquí y justo ahora. Reconociéndola, sintiéndola, en este instante como plena en sí misma en la que la mente, que siempre quiere estar en otro lugar, se termina fundiendo con la percepción y con el cuerpo, que siempre están aquí, y en donde -como dicen los Maestros Zen- “a este momento nada le sobra y nada le falta”. Nada, por tanto, hay que buscar fuera de este rico momento, una vez se ha re-conocido tal sobreabundancia latente en este instante... en éste... y en éste... y en este otro...

   “Pienso, luego existo”, dijo Descartes. Y, de este modo, asumiendo que fuera del pensamiento no podemos ser nada más, la sociedad occidental olvidó que antes de “existir porque pensaba” ya “existía porque, simplemente, era”. Así, el “soy, luego existo” es anterior al “pienso, luego existo”. Y este “soy, luego existo” es el “existo, luego pienso” que nos devuelve, finalmente, a la verdadera realidad que no está en otro lugar imaginado, sino en la inmediatez del aquí y justo en este momento, que es la vida cotidiana que no es imaginada, en la que el Ser integrado como el HOMBRE -o MUJER- (con mayúsculas) se manifiesta recuperando, finalmente, su trono que le fue arrebatado por una mente hedonista y caprichosa; y en donde esa otra realidad virtual, esa mente, en definitiva, se pone, nuevamente, al servicio del HOMBRE, y no viceversa.

   Y es en este HOMBRE y no en esa “mente”, en donde se crean las verdaderas relaciones humanas, como compromisos que aportan plenitud; en donde se construyen las verdaderas sociedades, como actuaciones intersubjetivas de intercambio de reconocimiento mutuo; en donde se elaboran las verdaderas políticas, como modelos altruistas de organización social y en donde las verdaderas economías se nos revelan como el intercambio material equilibrado. Y, es por ello, que en la actualidad todo esto no es así; porque residimos de continuo en nuestra mente, que siempre quiere estar en otro lugar, en lugar de residir en nuestro Ser, que siempre está aquí. Porque vivimos anestesiados en el pensamiento -del hombre-, en lugar de vivir plenamente en el Ser -del HOMBRE-

   Y, finalmente, todo lo expuesto anteriormente se reduce a una frase del texto de Villalba que os he invitado a leer, y que dice: “Los sentimientos y las sensaciones fantaseados nos alejan y nos aíslan de los verdaderos sentimientos y sensaciones”. Y yo, añado: ”Estas fantasías continuamente recurrentes, este querer estar casi de continuo en otro lugar, nos alejan de las verdaderas relaciones con las personas a las que realmente importamos”.

   Por último, si habéis llegado hasta el final, os insto a que ocupéis un poco de tiempo más y leáis el texto de este Maestro de la Vida.

1 feb. 2010

Acerca del pensamiento y de la Cultura

   Cualquiera que lleve a cabo un mínimo trabajo de instrospección se percatará, inmediatamente, de que la Cultura en que se haya inmerso rige su comportamiento y de que el pensamiento es el instrumento final mediante el cual ésta nos dicta.

   Resulta, por ello, evidente que la Cultura nos grava valores y normas de conducta en el cerebro. La experiencia personal, entonces, se ajusta o desajusta, mediante un acto de pura discriminación mental, a estos valores y normas generando, así, sentimientos de autoestima o reprobación; y estos sentimientos, evocados con mayor o menor frecuencia, estimulan los pensamientos que nos trasladan al pasado, al posible futuro o a la mera elucubración mental. Así, nuestra atención se vuelca en “lo pensado”, en lugar de en el “simplemente ser” anterior a pensamiento alguno. Y es con la aparición de “lo pensado” -con la aparición de la Cultura, en definitiva- con lo que ya, no “simplemente soy”; ahora, además, “pienso que soy ciudadano”, “pienso que soy padre”, “pienso que soy emprendedor”, “pienso que soy un zoquete”, “pienso que soy...”, … pienso que he de “ser algo concreto” (muchas cosas concretas, en realidad). De este modo, nuestra energía vital se disipa en la frustración o en la complaciencia a las que nos lleva “lo pensado”, que se pensó a causa de “lo sentido”, que se sintió al enjuiciar nuestra “experiencia personal”, o al pensarla, en base a los valores y normas que aprendimos en la Cultura que nos convirtió en seres humanos. Es por esto que el pensamiento, al principio y al final de la serie, como en un círculo vicioso, es la causa de este desgaste vital.

   Hablo de un pensamiento que poco tiene que ver con el recto discernimiento impersonal -padre de toda Filosofía y de toda Ciencia-, sino que, más bien, tiene que ver con el pensamiento egóico -personal-, compulsivo, casi esquizofrénico, enraizado en lo dogmático y en el prejuicio y, desafortunadamente, asumido como una actividad psíquica “normal” del Hombre, que surge de la discriminación a la que nos llevan los valores, las visiones del Mundo, la Cultura aprendida. Un pensamiento generador de tensión, que se sirve de prejuicios dogmáticos (sociales y religiosos), que se alimenta de traumas gestados en el no encaje entre “lo sentido” y “lo aceptado culturalmente”, que se alimenta, igualmente, de la vanagloria del que, a la inversa, se ve perfectamente reconocido en la cultura que le vio nacer y que, finalmente, y llevado al extremo, se alimenta, incluso, de las teorías racionales que tratan de ordenar el Mundo y de las teorías ecológicas y humanistas que tratan de salvarlo y de salvarnos. Todos ellos, pensamientos, al fin y al cabo; pensamientos que nos aportan, finalmente, frustración -o devaluación del ego- o complaciencia -o inflación de éste- y que, en su génesis, nos restan la energía vital innata y creadora que lleva adosada consigo la verdadera felicidad, que es sencilla y extática al mismo tiempo; que es innominada, pues su esencia no puede ser atrapada por “lo pensado” -por cualquier cultura dada, en definitiva- sino que, de otra manera, esta felicidad plena en sí misma y Vacía de cualquier contenido concreto, tan sólo puede ser sentida antes de elaborar pensamiento alguno. Por esto, por ser anterior al pensamiento, es Universal y anterior a la Cultura. Una Cultura -lo pensado- que tan sólo puede “representar” dicha Felicidad primera en una imagen, en un concepto, una vez se ha experimentado. Y como imagen, como concepto, la idea salta de mente en mente, desligada ya de su propia Fuente: la experiencia misma; quedando, así, ya inerte. Esto es la ortodoxia religiosa, que convierte lo extático (o la experiencia viva de la Fuente, que es Felicidad innata) en estático (o el mero concepto muerto o idea fija de lo experimentado); que convierte al Espíritu sentido, fluyente e inmanente, en un mero concepto o abstracción pensada, estática e inerte; como si la foto misma fuera suficiente para experimentar el paisaje que ha captado.

   Esto es, en definitiva, la Cultura que, por otro lado, fue la consecuencia inevitable del primer “yo soy” pensado, necesario para el Despertar del Hombre. Esta es la buena noticia y la mala de la Cultura y del pensamiento: La buena; que nos hace conscientes. La mala; que nos genera una falsa identidad, o muchas falsas identidades, en las que nos terminamos perdiendo y mediante las cuales, finalmente, nos terminamos desgastando.

27 ene. 2010

La falacia de la libertad en el Neoliberalismo (libertad económica Vs libertinaje económico)

   Neoliberales; que confunden la "libertad económica" con el "libertinaje económico"...

   Así, el Neoliberal reivindica hasta la saciedad su "derecho a la libertad individual", y en ello pone todo su empeño olvidando casi al completo su "deber de compromiso hacia el otro".
Olvidando, precisamente, el mismo "deber compasivo" que a otros en el pasado les movió a hacerle a él un hombre libre en el presente. El espíritu de los Liberales/Ilustrados de hace tres siglos, que libraron al siervo del yugo del Monarca, la nobleza y la jerarquía eclesiástica, convirtiéndolo en ciudadano, en "hombre libre"; "libre", para interactuar con sus iguales en un intercambio subjetivo de "reconocimiento mutuo" que derivara en unas relaciones objetivas -sociales, políticas y económicas- equilibradas. Cuando Adam Smith elaboró su teoría del liberalismo económico, fundamentada en la premisa del "buen egoísta", como el ciudadano emprendedor que produciría una sociedad más equilibrada y próspera en un marco socio/político de libertad económica, no imaginó que esta "idealización" suya derivara, realmente, en el hecho experencial del "puñetero egoísta", como el ciudadano emprendedor que produciría una sociedad casi tan desiquilibrada como la del mercantilismo económico al que dicho liberalismo derrocó. Poniendo, finalmente, de manifiesto que la libertad económica al servicio de ciudadanos libres faltos de "compromiso social", deriva, realmente, en el "libertinaje económico" que da cobijo a aspectos insanos de la economía liberal, como lo son las burbujas inmobiliarias, las especulaciones, los préstamos usureros, la manipulación consumista, ... todos ellos, aspectos de la economía que, sutilmente, esclavizan, nuevamente, al hombre libre.

   Así, del mismo modo que el Marxismo mató la parte de nosotros que nos hace "diferentes", el Liberalismo hizo lo propio con la parte nuestra que nos reconoce como "iguales".

   Hablo de una igualdad, ya casi muerta, que nos fue entregada a todos a través de la institucionalización del movimiento Ilustrado; esto es, la Democracia. De esta manera, por medio del más elevado acto altruista que el Hombre pueda llevar a cabo, la igualdad nos fue regalada por aquéllos que conocían su verdadero significado. Pero ocurre que regalar "igualdad" al que no la siente es colocar a éste, que no la supo valorar, en una posición favorable que le permite generar más desigualdad a través de sus acciones. O dicho de otra manera, tratar como un igual a aquél que no valora esta acción, que no se maravilla ante este hecho y que lo acepta sin más fin que el del beneficio propio, desembocará en acciones de desigualdad de éste hacia los que le son ajenos. Por esto, no bastará con buscar la igualdad para todos desde las instituciones. Habremos, antes, de enseñar su verdadero significado; su significado Universal, que está más allá de uno mismo.
Y enseñar el significado Universal de la palabra no es hacer que la gente memorice su definición, sino conseguir que la palabra les brote desde dentro.
Porque la igualdad ha de ser para todos, efectivamente, pero cada cual ha de hacerla crecer desde dentro de sí. Y éste es el esfuerzo, el deber, de cada siervo que quiera convertirse en ciudadano, de cada operario que aspire a ser jefe, de cada obrero que sueñe con ser empresario,... para, de esta manera, desterrar, definitivamente, del sabio refranero español, expresiones como: “nunca sirvas a quien sirvió” o “si quieres saber como es Juanillo, dale un cargillo”.

   Y así es como la igualdad “regalada” derivó en el Neoliberalismo que la terminó matando. Y así es, dicho sea de paso, como las políticas sociales nunca llegan a ser realmente efectivas. A causa de esta igualdad que es ofrecida, desinteresadamente, desde fuera, desde las instituciones, y que, en la mayoría de los casos, no es sentida desde dentro por quienes la reciben.

15 ene. 2010

"Las cosas no tienen significación, tienen existencia" -Pessoa-

   Vivimos en un Mundo objetivo externo colectivo de “cosas”, construido a base de significantes y significados; de palabras, en definitiva, que no sólo designan a los objetos -o las cosas- sino que, además, en cierto modo, los crean, confiriéndoles consistencia propia e independiente, por medio de una percepción contraída que genera la noción de sujeto independiente que percibe al objeto como entidad plenamente delimitada, coherente en, y por sí misma. Y sucede que el objeto percibido sólo tiene consistencia propia en base al sujeto perceptor que lo genera; en donde ambos, son el resultado de una percepción contraída llevada a cabo por la Conciencia aún dormida. Así, se puede decir que éstos (sujeto y objeto) son las dos polaridades complementarias de la percepción contraída. Allí donde hay percepción contraída, por tanto, hay un sujeto que percibe y un objeto percibido. De este modo, allí donde hay “objetos -o cosas-” hay, inevitablemente, un sujeto, o sujetos, que las perciben; o dicho de otra manera, allí en donde hay un sujeto, o varios, hay objetos percibidos. Y esta sencilla ecuación se da así por medio de una especie de error cognitivo o, más bien, de cognición limitada a la que los orientales llaman “maya”; que se origina como consecuencia, como decíamos, de una percepción contraída que se gesta en una Conciencia todavía no despierta.
Por todo esto, creo que decía Pessoa, en uno de sus poemas: “las cosas no tienen significación, tienen existencia”.
Por ello es tan importante el desarrollo cognitivo hacia afuera, del sujeto; su finalidad, la de generar percepciones más ajustadas de la realidad en sí; de nuestro Mundo, en definitiva. Porque, ni la escasa gama de colores que parecen percibir ciertas tribus aborígenes australianas -que es constatable por el hecho de que el vocabulario que usan para referirse a los diferentes colores es bastante pobre-, ni las más de veinte clases de nieve que perciben los esquimales -constatable por el mismo hecho-, ni la totalidad ni la variabilidad ni la calidad de los objetos interactuando causalmente que perciben nuestras ciencias empíricas, entre otras cosas, son totalmente ciertas.

   Vivimos, además, un Mundo subjetivo interno individual de "valores", mediante el que actuamos en ese otro Mundo objetivo externo a cada uno de nosotros -esto es, el Mundo de los objetos percibidos por nosotros como sujetos- Estos valores son percibidos hacia adentro, a diferencia de los objetos que son percibidos hacia afuera. Así, mientras que los valores se gestan por medio de la significación interna, los objetos lo hacen, como decíamos, por medio de la significación externa.
Los valores comunes tienden, además, a organizarse en comunidades de sujetos. O, dicho de otra manera, las diferentes ideologías culturales, políticas y religiosas, crean grupos sociales de sujetos que comparten valores comunes.
Existen, además, infinidad de valores de modo que, en la práctica, no todos los sujetos que comparten una misma comunidad de valores concretos -ej.; la comunidad católica-, comparten, por ello, la totalidad de sus valores individuales. Así, pese a que la función de las comunidades sociales (de valores) es la de crear una interactuación entre sujetos que sea ordenada, finalmente, cada sujeto, dentro de la misma comunidad, podrá tener opiniones diferentes frente a las mismas actuaciones enjuiciadas; debido a que el conjunto de valores en cada sujeto no coincide al cien por cien con los conjuntos de valores de los restantes sujetos con los que interactúa. Unos valores, dicho sea de paso, que, aunque lleguen a tener peso colectivo, de manera que unos sean más incentivados por las sociedades que otros, se han de desarrollar, no obstante, individualmente, desde dentro de cada sujeto. Unos valores que, en un escala de desarrollo universal, son cada vez más relacionales -menos opresivos-, más compasivos -menos intolerantes-,... más mundicéntricos -menos etnocéntricos-. Unos valores que son mejores o peores dentro de una escala de valores Universal. Unos valores que, además, dictan nuestro proceder, o la forma en que interactuamos con el resto de sujetos con los que nos comunicamos subjetivamente. Unos valores mediante los cuales terminamos enjuiciando las acciones ajenas y las propias, generando estados de estima y autoestima, así como de reprobación y autorreprobación, que derivan en una diversa gama de emociones o sentimientos hacia los demás y hacia nosotros mismos; estados emocionales, finalmente, que son más o menos positivos y más o menos negativos para el sujeto que los experimenta, pasivamente, por medio del enjuiciamiento activo de los hechos.
Por ello, es tan importante el desarrollo cognitivo hacia adentro, del sujeto; su finalidad, la de la obtención última de comunidades de sujetos que operen, masivamente, por medio de valores más relacionales, más compasivos, más mundicéntricos, en definitiva; en donde el intercambio intersubjetivo que estos valores masivos mundicéntricos generen, produzca estados subjetivos individuales de estima y de autoestima, así como estados intersubjetivos de reconocimiento mutuo que habrían de derivar, todos ellos, en una subjetividad colectiva o conciencia de grupo, de comunidad, de nación o, porque no, del globo entero, definitivamente equilibrada.

   Así, por el hecho de que no todos compartimos la totalidad de los valores que gestamos individualmente, y por el hecho de que estos distintos valores, gestados en cada individuo, son la consecuencia de los diferentes grados de desarrollo del sujeto -el cual crea el significado interno, o valor, en base a este personal grado de desarrollo-, tenemos, entonces, que en lo cotidiano vivimos un mundo intersubjetivo construido a base de “dimes y diretes”, en donde tan sólo en los estadios más desarrollados el sujeto es capaz de mantenerse al margen, o prácticamente al margen, de este enfrentamiento de opiniones o disparidad en las valoraciones, mediante el recto discernimiento -o Razón iluminativa- y por medio de la inteligencia emocional.

  En donde, ambos, el recto discernimiento y la inteligencia emocional, perfectamente integrados, mediante la perseverancia pertinente, llevarán al sujeto hasta el mismo borde del abismo, en donde le obligarán, por último, a dar un paso más hasta caer, caer y caer... para desplegarse, desplegarse y desplegarse desde el mismo centro del corazón hasta las más recónditas esquinas del Kosmos, dejando atrás a las propias comprensiones y hasta a la capacidad de entender, a las propias emociones y hasta a la capacidad de sentir, a los propios recuerdos y hasta a las propias palabras para que, en lo más alto, el conocedor finalmente se torne lo conocido, el amante y el amado se conviertan en el mismo y uno sólo, el Conocimiento sea el Amor y la totalidad del Universo infinito termine conociéndose a si mismo, sintiéndose a si mismo, experimentándose a si mismo como el Yo que somos desde antes de que nacieran nuestros padres, en un eterno orgasmo Cósmico con el que quedará a si mismo preñado de la potencialidad de todas las cosas; de todos los objetos que generan todos los sujetos; de la manifestación del Mundo, en definitiva, que ahora mismo estamos experimentando.

10 ene. 2010

Acerca del miedo y de cómo el Amor lo cura

Pienso que hay dos sentimientos fundamentales, básicos, en todo ser humano, de los cuales emanan, se derivan, todos los demás.
Las diferentes gamas de emociones-sentimientos, no son más que variaciones o el resultado de las diferentes formas de combinar estos dos sentimientos primordiales: el Amor y el miedo.
Si se desgrana cualquier emoción-sentimiento, se encuentra en su base esta variación o combinación de los anteriores.

Observemos, por ejemplo, los "celos"; ¿No son éstos sino miedo a perder a la persona que se ama? O la "envidia", ¿no es ésta sino el apego, el Amor-deseo, del ego hacia el objeto o cualidad que otro posee?, ¿no es la intención de la posesión, de la unión con el objeto o cualidad, y el ansia que genera el no poseerlo/a o no estar unido a ello/a? Y este ansia, ¿acaso no es una forma de miedo del ego a la pérdida del objeto o cualidad deseados?, ¿a la separación de ambos?
El desgrane puede ser más o menos complejo, dependiendo del sentimiento-emoción, pero, al final de éste, al reducirlo a su mínima expresión, no encontraremos más que variaciones de Amor o de miedo, o combinaciones de Amor-miedo.

Así que, no tengas nunca más miedo al "odio" injustificado. A ese odio, sin fundamento, que algunas personas muestran gratuitamente. Tampoco a su versión más ligera; la "manía" sin sentido, que otros puedan experimentar. Porque a partir de ahora puedes comprender que ese odio, esa manía, se han forjado con el miedo con el que el ego enfría los corazones.
Que el que odia o es maniático, realmente, está temiendo; y él no lo sabe. Ésta es tu baza contra la intolerancia que se gesta en el odio y en la manía.
Otras veces, detrás de ese odio-manía se encuentra, agazapada, la envidia, esperando el momento de saltar y dañar. Y cuando esto último sucede, es buena cosa ser algo compasivo y recordar que esa envidia, envuelta en odio o manía, se generó con una pizca de amor; amor hacia alguna cualidad y, en el peor de los casos, amor hacia alguna posesión. Amor, en definitiva, que no se supo expresar mejor.

Y allí donde haya Amor en estado puro, habrá siempre unificación;
y allí donde haya miedo, no habrá más que fragmentación.
Por esto, el Amor siempre nos une, mientras que el miedo nos separa.

El Amor, por tanto, nos lleva al Uno.
El miedo, al dos y más...
“Allí donde hay dos, hay miedo”, dicen las Upanishads.

Amor-miedo, Bien-Mal, Positivo-Negativo, Construcción-Destrucción; lo que nos une y lo que nos separa. El flujo de la Vida; sin esto no hay movimiento, no hay variación, no hay evolución hacia algo mejor.

Ahora comprendo porque el Amor es tan importante, mucho más allá del sentido egoísta que le otorgan la mayoría de las relaciones humanas; lo es, porque es la raíz del bien, de lo positivo, de lo que une, de lo que construye.

Ahora comprendo, pese a que yo no sea un hombre de fe, porque Jesús dijo: "Amaos, los unos a los otros". Ahora comprendo mucho más. Comprendo por qué Jesús expresó esta frase en esta forma y no, por ejemplo, en esta otra: "Amaos entre sí, los que consideréis que tenéis cosas en común".
Cuando Jesús dijo: "Amaos los unos a los otros", dijo mucho más. Dijo: "Amad la diferencia". Lo dijo en una frase casi desprovista de categorías. Las únicas categorías son "los unos" y "los otros", y el pegamento que une es el "Amor".
Con esta frase, Jesús quiso decir mucho más. ¡Cuánto contenido hay en ella para el que quiera ver! Con esta frase, Jesús dijo: ¡Lo que es "diferente", que no os dé miedo! Al contrario, ¡amadlo!
¿Es que no veis en este hecho la infinita misericordia de Dios?

Por eso, te digo, no es buen consejero aquél que recele del que es diferente a él; o a su grupo, o a su colectivo. Que el que recela de lo distinto, en verdad lo está temiendo y no Amando. Que el que teme no vive realmente; sólo vive el que Ama.
Tampoco es conveniente dejarse guiar por el que intente sembrar en tu corazón la semilla del miedo, con palabras cómo: “Ten cuidado con...” “No te fíes de...”. Pues aquél que teme, busca que otros también lo hagan para no estar solos con su miedo. Y, si no teme, seguro es que lo que persigue es adueñarse de tu autocontrol para convertirlo en su control sobre ti.

No me cabe duda de que el mayor acto de Amor, es el acto de aprender a Amar la diferencia.
Sólo cuando todos y cada uno lo llevemos a cabo, empezaremos a ser verdaderamente iguales. He aquí, entonces, una verdad, "para alcanzar la igualdad, habremos de aceptar la diferencia". Y esta aceptación, ¿qué no es, sino que el más puro acto de Amor? Gran verdad que me sabe a verdad absoluta. No a mi verdad, ni a tu verdad, ni a la de ese grupo o a la de aquella nación. Me huele a la verdad de todos, porque está echa de esa contradicción aparente que envuelve a toda certeza.

Dos frases daría yo a cada ser humano. Dos frases pondría en su bolsillo para que estuvieran continuamente a mano. Dos frases de las que arrancar su profundo sentido. Que el que estas dos frases comprende, se convierte en un maestro de la vida.
La primera, la anterior: "Para alcanzar la igualdad, habremos de aceptar la diferencia". Que en la integración de ambas está la verdadera Unidad del Hombre.
La segunda, la que nos expresó Jesús: “Amaos los unos a los otros”. Algo inevitablemente necesario para aceptar la diferencia que nos lleve hacia la verdadera igualdad.
Dos frases con las que alcanzar el Reino que no está “más allá”, sino aquí y ahora. Tan inmediatamente aquí, tan vividamente ahora, que no nos damos ni cuenta.

Y el que no Ame, será mejor que no actúe. Que el que no tiene capacidad para Amar, sólo la tiene para dañar. Y aquél que daña, es aquél que teme. Y el que teme, no VIVE.

7 ene. 2010

La mística en los movimientos de izquierdas o la fuerza de la mayoría económicamente débil (Carta a un titiritero 2)

Ciertamente, fue un verdadero reto para el intelecto el leerle a usted. Un intelecto, dicho sea de paso, del que, cada vez más, desconfío desde el momento en que me percaté de que la falacia fundamental de éste (intelecto usado) es confundir las “representaciones del Mundo” que mediante él nos hacemos, con “el Mundo en sí”; como si la palabra perro ladrara -haciendo referencia a la expresión que usted mismo usa- Que como dijo el semántico A. Korzybski “el mapa no es el territorio que representa” y como dijo el físico e historiador de la Ciencia Thomas Kuhn “el paradigma científico se suele confundir con un cuadro fiel de la Realidad, en lugar de acogerlo como plano útil, aproximación ajustada y modelo para la organización de la información conocida. Esta confusión del mapa con el territorio es típica de la historia de la Ciencia y, según muchos, de la historia de la Humanidad”. Usted también -he creído entender- parece haberse percatado -como tantos otros- de esto. Lo he creído así por su empleo de expresiones como la verdad escurridiza y la falacia narrativa y por la frase, con la que termina su exposición, “no confundamos el mundo con la imagen que hemos hecho de él”. Sin embargo, me queda claro que no me expresé todo lo bien que se pudiera en mi anterior intervención, pues no conseguí hacerle ver en ella que, precisamente, no me mueve “una imagen hecha del Mundo”, sino todo lo contrario; y que, como a Thomas Kuhn, hasta los mismos modelos científicos que tratan de explicarnos el Mundo me parecen meras representaciones; ajustadas, pero representaciones, al fin y al cabo. Como el cuadro que representa un paisaje, pero que no es el paisaje en sí.

Pese a que, finalmente, nos hemos alejado de la cuestión original y pese a que estamos condenados, me temo, a nunca encontrarnos intelectualmente hablando, por movernos en ámbitos del Conocimiento distintos, me siento motivado a replicar a su elaborada crítica hecha a mi noción de “Hombre”. Usted dice, acertadamente, que la palabra “Hombre”, si es nacida en el intelecto como una categoría, no es más que un “objeto virtual” divorciado de la Realidad sensible -la que nos ofrecen los sentidos- El Hombre al que me refiero, en cambio, no es un objeto virtual de la mente, sino una experiencia viva de los sentidos. Trataré de explicar porqué... Continúa usted diciendo, desde la perspectiva puramente lógica, que incluso dos clones humanos son distintos por ocupar, al menos, espacios distintos. Ocuparán, además, tiempos distintos si uno de ellos muere -porque éste no ocupará tiempo alguno- o cuando uno de ellos se mueva a una velocidad próxima a la de la Luz; de acuerdo con Einstein y si famosa Teoría ; ) Por esto, todos los hombres serán diferentes (pero, además... ¿distintos?). Se acerca un poco más a mi idea de Hombre defendida, cuando sugiere a este “Hombre” como “una especie de mínimo común divisor”, como una especie de “esencia” que existe en cada uno de los hombres individuales-reales. Añade, que este Hombre reducido a la mínima expresión desemboca en un Ser vivo... muy bien... por ahí van los tiros... Y, desde esta premisa, la del Hombre como mero Ser vivo, concluye que lo que caracteriza, en última instancia, a un Ser vivo es, “nada más y nada menos que la voluntad de Poder; o una expresión minimazada de éste: el instinto de supervivencia”. Creo, sin embargo, que la “voluntad de poder” y el “instinto de supervivencia” son dos movimientos diferentes. El primero, puramente noético; el segundo, puramente biológico. El animal no busca el poder (por el poder), sino, exclusivamente, el cubrir sus necesidades biológicas de alimento y reproducción. Y, para esto, obviamente, tiene que procurárselas para mantenerse vivo. Pretender que la fuerza usada para alimentarse y procrear, sea una invocación de poder, me parece que es no definir muy bien lo que es “el poder”. El animal sólo necesita satisfacer sus necesidades biológicas, el hombre, como el ser-pensante que es, necesita, además, cubrir sus necesidades “ideológicas”, que ya no son gestadas en su cuerpo, sino en su mente. Y es en la génesis de estas necesidades ideológicas en donde se origina la idea de poder, como el querer el control más allá de lo que el cuerpo necesita hacia lo que, además, la mente se imagina y quiere. Hablo de una necesidad de poder creada por la demanda de la imaginación; un poder que, dicho sea de paso, no está en su corazón -en su esencia-, sino en su ego, gestado posteriormente. Fenómenos psíquicos como el deseo de poder, como la preocupación que deriva en la ansiedad,... son atributos propios del ser-pesante, del hombre con minúscula, no del animal. Una leona, cuando mata a una gacela usando su fuerza y se la come no piensa “me siento poderosa!”. Tan sólo siente que aplaca su hambre. Un león, cuando cubre a una leona, tras haber derrotado a otro león, al que jamás mata, no piensa “me siento poderoso!”; tampoco piensa “qué polvo he hechao!”. Tan sólo aplaca su energía sexual. Del mismo modo, la gacela en medio de la sabana no sufre de estrés por pensar que los leones comparten su mismo espacio físico, y esto es porque no se pre-ocupa del león cuando no está, sino que se ocupa de él cuando está. Las gacelas no tienen la capacidad cognitiva de pensar en el futuro o en el pasado ni de pensarse a sí mismas, por tanto, no pueden pre-ocuparse por lo que vendrá ni frustrarse por lo que son. Esto las convierte, en cierto modo, en una especie de “felices ignorantes”.

Créame, el “estado natural” de todo Hombre, de todo ser vivo -una vez tiene cubiertas sus necesidades biológicas- es la Serenidad y, en tanto que esto, la Felicidad. Y la verdadera Vida empieza aquí, en esta “Felicidad innata” que precisamente empieza a deshacerse cuando empezamos a “pensar”, a “desear con el pensamiento cosas que no están o no son realmente aquí y ahora” y a “reflexionar el porqué de que no estén”. La Verdadera Felicidad -que es “sencilla”- es ya en sí misma, no mediante la consecución de algo. La otra, la de la obtención final -en el futuro pensado- de algo que no está ahora aquí, es tan sólo un sucedáneo de esta primera e innata que hemos ahogado con nuestros pensamientos -como asfalto echado en tierra fértil, decía en mi intervención anterior- Por tanto, como digo, el Hombre empieza a ser infeliz cuando empieza a “pensar” y, por medio de este pensamiento, a “pre-ocuparse” y a “desear”. El Hombre se vuelve malo (sin tan siquiera darse cuenta) y destruye más de lo estrictamente natural, cuando se crea miedos y necesidades por medio de la imaginación y del intelecto. Nuestras mentes débiles, por otro lado, son fácilmente envenenadas con los mensajes subliminares de miedo de los políticos, que piden nuestra libertad a cambio de seguridad, y con los mensajes del libre mercado que invitan al consumo, que inyectan el deseo en nuestras almas. Nuestra mente, no obstante, es un maravilloso instrumento que nos ofrece lo mejor y lo peor. Lo mejor, se obtiene cuando esta mente madura lo suficiente como para no permitirnos ser manipulados, para, más tarde, poder retomar esa Felicidad innata, propia de los animales, pero esta vez de forma “consciente”; no ignorante, como ellos. Hablo de una felicidad “consciente” sencilla e innata elaborada desde el pleno “yo soy”, anterior a pensamiento alguno. Un “yo soy” que, dicho sea de paso, es el mismo para todo Hombre. Este sentimiento de “yo soy” básico es una réplica exacta en cada Hombre y Mujer. Así, el “soy, luego existo” nos muestra como esencialmente iguales, mientras que el famoso “pienso, luego existo” -de Descartes- nos convierte en seres-pensantes diferentes, pues todos pensamos distintos pensamientos. Y este sentimiento de “yo soy”, anterior al pensamiento de “yo pienso”, es el que nos permite, finalmente, retornar de forma plenamente consciente a esa “Felicidad innata”, y a esa “esencia” igual de todo Hombre, no como mera elucubración mental -como usted sugiere- sino como pura experiencia sensible inmersa en una Conciencia no-nacida. Hablo de una “esencia”, que es “felicidad innata”, que está enterrada entre tanta basura mental que vertemos a lo largo de cada día que pasa de nuestra maravillosa Vida. Desterremos, todos los Hombres, todos esos residuos mentales de los que hablo, y que nos crean tantos miedos y necesidades, y todas las preguntas que usted me plantea ya no tendrán sentido... Y, como esto no sucederá -al menos no en mucho tiempo-, sólo me resta ser un mero espectador del Universo fluyendo en un equilibrio esquisito, que no alcanza a entender raciocinio alguno. En el que, aunque este Mundo nuestro explote mañana mismo con diez bombas atómicas, Él seguirá fluyendo en un perfecto equilibrio en el que nosotros habremos sido nada más que un grano en el culo de Dios.

Sintiendo que me he alejado un poco del hilo argumentativo elaborado entorno a su crítica, continúo observando que usted dice que “el error fundamental de Platón fue su Teoría de las Ideas”. Que “influido por Sócrates inventó un ultramundo de formas perfectas (Ideas), y un mundo real de malas copias”

En realidad, opino que la “idea de Hombre” como “mínimo común divisor” que defiendo, como “esencia”, como Ser vivo no-pensante (o anterior al pensamiento) pero plenamente consciente, equilibrado y feliz por naturaleza, y que es contraria al Ser vivo natural despiadado que usted se ha figurado, está en relación íntima -de hecho son lo mismo- con la Idea de Hombre que se deriva de la Teoría de las Ideas Platónica . Es decir, mi Hombre como mínimo común divisor, o esencia del Hombre, y la Idea de Hombre de Platón, son el mismo Hombre. Y ese Hombre, ni está divorciado de la Realidad, como una mera Idea que genera un objeto virtual -como usted sugiere en su primera crítica-, ni en su estado natural (interno, de esencialmente ser) es un ser despiadado -como sugiere en su segunda crítica-.

A mí me parece, como he expresado, que este Hombre Platónico (como Idea) no está en alguna especie de “otra dimensión imaginada”, y que el principal error de “el pensador” de Occidente fue “pensar” precisamente esto; que la Teoría de la Ideas Platónica era una mera “figuración mental”. Algo de la misma naturaleza -exclusivamente mítica-imaginativa- que un Unicornio o, en el mejor de los casos, algo de la misma naturaleza -exclusivamente racional-especulativa- que una ecuación. Bien es cierto, que Hombres como Platón fueron los “primeros pensadores en términos racionales”; sin embargo, opino que su capacidad de “raciocinio”, de “abstracción puramente mental especulativa” -como habilidad cognitiva que se afianzaría, más tarde, de forma generalizada- no es el origen de su famosa Teoría de las Ideas. Es decir, ésta no nació como una mera abstracción -racional, en la mejor de sus interpretaciones-, sino que, más bien, él usó la Razón, que empezaba a emerger como instrumento, para “representarnos” al resto de mortales el estado cognitivo presente en el “simplemente Ser”; en el “soy, luego existo” anterior al “pienso, luego existo”, en donde todos los Hombres se igualan a cada uno y en donde aparece la “esencia” de las cosas como Ideas puras, sencillas y perfectas. Un estado cognitivo al que él había aprendido a acceder, probablemente, por medio de su Maestro Sócrates. Cuenta Bertrand Russell, en su libro Historia de la Filosofía, que éste (Sócrates) se quedaba horas inmóvil, y estoy casi convencido de que “sin pensar”, como en las prácticas orientales de meditación. De ahí su famosa frase: “sólo sé que no sé nada”. No porque no fuera un hombre culto, o dejara de serlo. Sino porque, en esos largos períodos de inmovilidad sin pensamiento, el ser “consciente” que no deja de “ser” en ningún momento, es un “ser” sin “saber”, sin “pensar” -pues se sabe por medio del pensamiento-. Por tanto, nuevamente, Sócrates supo que antes de “existir porque pensaba”, él ya “existía porque, simplemente, era”-y en este mero ser/existir, nada más sabía-. Hecho, éste, dicho sea de paso, que sólo puede ser conocido mediante nuestro cerebro desarrollado. La mayoría de animales no saben que “son”, por tanto, ni siquiera saben que existen -lo demuestra el hecho de que muy pocos mamíferos tiene la capacidad de reconocerse en un espejo-.

Así, en este yacer en el Ser no-pensante, en este estado cognitivo, que Sócrates expresó hace dos mil y muchos años mediante la frase “sólo sé que no sé nada”, todo Hombre se percibe como “esencialmente” igual a otro Hombre. No sabe nada más. Sólo percibe al Hombre, como la mínima expresión cognitiva que nos representa en nuestro cerebro “una realidad inmediata que no es previamente interpretada por información aprendida alguna”. Ésta es la Verdad primera -como mirar a los verdaderos objetos del interior de la caverna iluminados por el fuego, en lugar de a sus sombras-. Aquí, la mente es como un espejo que no retiene nada, todo lo refleja (no crea conceptos estáticos). Aquí, en lo que se ve no se proyecta la idea sólida que se ha gestado sobre lo visto, no creando, así, un “objeto externo”, como una copia de “lo pensado”. No creando, por medio de la proyección de “la idea” sobre “lo visto”, el verdadero “objeto virtual”, que es el que tomamos como “real” -permaneciendo, así, en el interior de la caverna mirando tan sólo a las sombras de los objetos, que tomamos como reales-. Y, de esta manera, por medio de este estado de no-saber, de no crear conceptos que se proyectan sobre el Mundo creando los objetos, es como se perciben las formas perfectas del Universo sensible -el que recibimos a través de los sentidos-. Formas perfectas, la del Hombre, la del Árbol, la de la Hoja que cae de él... y estas formas perfectas, que son las Ideas básicas que pueden ser pensadas acerca de lo visto, son, considero, el fundamento de la Teoría de las Ideas Platónica; son sus Ideas Puras. Así, desde este nuevo enfoque dado, las Ideas Perfectas no serían una invención o una abstracción del intelecto divorciado de la realidad sensible -de los sentidos-, que se hallarían en alguna especie de ultramundo sustraído de la mente, como en otra dimensión inventada. Las Ideas Perfectas de Platón, en general, y la Idea de Hombre, en particular, como esencia de todos los hombres, como el Hombre en cada uno, no serían, como los “pensadores” occidentales creen, una mera elucubración mental de un noble griego que se aburría por no tener nada que hacer, ni, en el mejor de los casos, como les gusta pensar a la mayoría de los físicos y matemáticos, tampoco serían una pura abstracción racional, eternamente viva en las Leyes del Universo. Poco tienen en común la Idea de Árbol y la ecuación V=S/t, por ser la primera, información de naturaleza meramente sensible (o de los sentidos) y la segunda, información puramente mental e intelectual (no podemos ver la ecuación, ni tocarla, ni olerla...). Así, estas Ideas -importante hacer notar esto-, antes que el producto de una mera elucubración o de un discernimiento mental abstracto, son “la mínima expresión cognitiva que el Hombre puede llevar a cabo”, en donde el objeto no se nos aparece en el intelecto por como se le designa (meras copias imperfectas o sombras en la caverna), sino que se nos aparece en la conciencia por lo que, sencillamente, es -mediante la aprehensión sensorial directa, anterior a pensamiento alguno, anterior a designación alguna; en una inmediatez en donde "no hay una palabra que represente a la cosa (la Idea en sí)"-. Porque, efectivamente -como sugirió Aristóteles-, “la palabra perro no ladra”, o, para ser más concretos, su "significado, no ladra". La palabra perro aprendida nos impide ver al “perro en sí”; a su Idea básica y perfecta, que se adivina cuando no hay intermediación entre "el que ve" y "lo visto". Aquélla a la que se refiere Platón y que no se halla en alguna especie de más allá, como digo, sino en la inmediatez del aquí y justo en este momento. Y es en esta pura cognición, elaborada en el yacer en el Ser no-pensante, que es un ser cognitivamente desenfocado y atento, que es una Conciencia no-nacida, en donde se gestan las Ideas Platónicas (básicas y perfectas, no abstractas y perfectas) en donde yo veo a los hombres esencialmente iguales al vaciar mi mente de cosas aprendidas y meramente representacionales, que adoptan la forma de conceptos relacionados con teoría genética, diversidad cultural, ideologías políticas... (el mapa no es el territorio que representa).
Y en donde, finalmente, en una última vuelta de tuerca, por medio del súbito fogonazo iluminativo que pone de rodillas al más arraigado de los escépticos, paradógicamente, ya no hay ni aprehensión directa (ni no directa), ni Ser no-pensante (ni ser pensante), ni Conciencia no-nacida (ni conciencia nacida), ni Hombres esencialmente iguales (ni hombres diferentes); en donde se nos termina revelando "la Belleza, la Bondad y la Verdad Platónicas" del Mundo como Brahman (dirían los hindúes), como un conjunto indiviso acerca de lo que nada puede ser dicho y en donde un silencio atronador lo dice todo.

Y es de esta experiencia (del yacer en el Ser ni pensante ni no-pensante), de donde bebieron los Místicos de nuestro pasado y los Sabios del pasado de Oriente. El no-daño, el respeto a la diversidad gloriosa del Mundo como las múltiples expresiones del Hombre, en definitiva, la Compasión que mueve al “pleno encuentro con el otro en la desnudez sencilla del simplemente Ser”, se gestó aquí, en este estado de simplemente Ser, de esencialmente Ser; en donde se re-conoce la esencia Igual del Hombre a la que hice referencia, y que es anterior a cualquier Cultura dada. Y esta Compasión, con sus múltiples expresiones, brotó como reacción al “daño porque sí” gestado en una mente no-natural o distorsionada que pensó mucho y mal o, en el mejor de los casos, como reacción al daño gestado en la defensa de “ideologías” que nos crean unas “imágenes del Mundo” que no son el Mundo en sí; todas estas imágenes, formas de etnocentrismo que tienen su raíz en el egocentrismo de cada mente -individual- pensante que, dicho sea de paso, hace creer al que la usa que simplemente existe porque piensa... Pienso, luego existo... jejej... Aquí, en el yacer en el Ser no-pensante, uno se percata, como dije, de que no “existe porque piensa”, sino que, antes de esto, “existe porque, simplemente, es”. Así, antes que el “pienso, luego existo” es el “soy, luego existo”. Antes de un ego que piensa hay un Ser que “es”. Un Ser que, paradógicamente, deviene “consciente”, no sólo tras aparecer el pensamiento, sino además, tras agotarse las posibilidades de este pensamiento. O, dicho de otra manera, el Ser se hace “consciente” (se re-conoce a sí mismo) cuando las limitaciones del pensamiento se muestran en el intelecto o, de otra forma expresado, cuando este intelecto (usado) “se da cuenta” de sus propias limitaciones inherentes a él mismo.

Hablo de un “Ser sido a sí mismo” que ve en la inmediatez del momento presente la infinidad de formas “perfectas” de la Naturaleza, como las Ideas Perfectas de Platón, que no están divorciadas del Mundo, sino que son el Mundo “en sí” (desnudo de representación mental alguna); y en donde Él Mismo -el Ser- y “lo visto” son, simultáneamente, lo Verdadero, lo Bello y lo Bueno (de Platón). Así, concluyo que el Hombre es bueno en su naturaleza más intima (naturaleza interior), y la Idea de éste Hombre no está en el más allá, sino que es tan inmediatamente aquí, tan profundamente adentro, de forma tan obvia, que usted no se da ni cuenta.

Esta es, finalmente, mi exposición, no he sabido expresarlo mejor, sólo sé percibirlo. Realmente, los que iniciamos el camino de Sócrates, de Platón, de los Místicos de Occidente y los Sabios de Oriente, no sabemos expresarlo, sólo percibirlo; porque, en última instancia, nos damos cuenta de que la palabra no es nunca la cosa que representa. Efectivamente, nuevamente, “la palabra perro no ladra”; en esto, Arístóteles tenía razón pero, por todo lo anterior, creo que Sócrates y Platón ya lo sabían antes que él.

Y de esta “experiencia viva” que vagamente he conseguido expresar, creí entender que se derivó toda una teoría política que se trató de proyectar en las organizaciones sociales, mediante los movimientos de izquierdas. No en vano, Jesucristo y Buda, como Sabios de este movimiento, y no como Dioses en la tierra, son los primeros que trataron de verter este Conocimiento en un sistema de organización social. Algunos dicen que fueron los primeros hombres de izquierdas. Pero puedo haberme equivocado, y, como usted dice, estos movimientos de izquierdas pudieron, posteriormente, tan sólo haber surgido de la simple traslación del poder desde la minoría (económicamente) fuerte a la mayoría (económicamente) débil. La unión hace la fuerza, dicen. Entonces, éste sería un simple cambio social por fuerza sin nada, o con bien poco, de cambio de Conciencia.

Siento, no obstante, no haber economizado más. Por otro lado, no tiene mucho sentido que nos continuemos rebatiendo; esta argumentación y contraargumentación podría hacerse interminable pues, como he sugerido al principio, hablamos desde experiencias de la Vida diametralmente opuestas. Usted, lo hace desde el más puro intelecto y yo desde la experiencia de la casi ausencia de éste -si bien, más tarde, me valgo de él, como herramienta, para expresar dicha experiencia del Ser no-pensante-. Usted, con su verdad en su plano de investigación, y yo, con mi verdad en el mío, estamos predestinados a no encontrarnos nunca; como el Teólogo y el Científico hablando del Cielo y la tierra irreconciliables.