Búsqueda

4 feb. 2010

Acerca de la realidad virtual

   Más abajo presento un enlace al Blog “Menta y Canela”, de Dokushó Villalba, en el que éste nos ofrece un magnífico texto. En él, Villalba reflexiona acerca de una sociedad occidental cada vez más "alienada"; acerca, en definitiva, de unos individuos cada vez más instalados en ese "mundo virtual" que nos crea nuestra mente y que nos transporta, continuamente, a "otro lugar imaginado"; alejado del "aquí", repleto de Luz no-usada, y del vivo “ahora”, en el que la Realidad dichosa del Ser está eternamente "presente". Él centra su reflexión en la experiencia de Internet, como fenómeno sociológico. Una reflexión que es extensible, sin duda, a la totalidad de “la vida cotidiana”; de la Realidad misma. De una Realidad cada vez más alienada, “distorsionada” por una mente que nos termina poseyendo, alejándonos de "la realidad misma" para vivir en "mundos alternativos fantaseados" que nos "secan", que consumen gran parte de nuestra "energía vital", y que nos impiden entregarnos al "cien por cien" a nuestro trabajo, a nuestros amigos, a nuestras familias... a la persona que nos ama; pues parte de nuestra "vitalidad" está redireccionada hacia mantenernos "enchufados" a esas "alternativas mentales a la Realidad" en las cuales, continuamente, queremos estar, como en una adicción; en ese otro "mundo virtual imaginado" en el que nuestra "mente" reina y en el que no nos damos cuenta de que tener aspiraciones o, simplemente, querer cambiar una situación personal, nada tiene que ver con estar, casi de continuo, mentalmente, en “otro lugar” construido por la fantasía o el morbo, a base de monólogos internos e imágenes recurrentes. Muy al contrario, este proceder comúnmente aceptado, es la base de la creciente “alienación del Hombre”, acerca de la cual tanta tinta se ha gastado. Y lo cierto, es que no nos damos cuenta de que el hecho de que ésta sea la “práctica mayoritaria” no quiere decir, en absoluto, que ésta sea la “mejor práctica”.

   Nuestra mente es un maravilloso instrumento cuando está al servicio de nosotros mismos, permitiéndonos, así, actuar eficazmente en nuestras acciones cotidianas, permitiéndonos crear y recrear, eventualmente, otras posibilidades; y se torna un "parásito" de nuestro "verdadero yo", cuando estimulada por los "gurúes de la publicidad" y por los “faranduleros televisivos de la frivolidad y del lujo”, ésta (mente), sin control, termina absorbiendo gran parte de nuestra fuerza “vital” para transportarnos, en un viaje con muchos tickets de ida pero pocos de vuelta, a "ese otro mundo imaginado" en el que, continuamente, queremos estar; en el que somos más guapos, más irresistibles y en el que carecemos de los complejos y de las frustaciones que nos provocan los ingenieros publicistas y los embajadores de la frivolidad y del lujo, al estafarnos con sus “fantasías”. “Ese otro lugar imaginado” en donde, finalmente, "el morbo" nos guía por las sendas del continuo “placer virtual” o mental que nos insta, por último, a buscar, a materializar, el placer sensorial fuera de nuestra realidad cotidiana. En esos otros espacios físicos, en donde otros alienados adictos a la alienación, como nosotros, buscan hacer realidad sus propias fantasías o realidades virtuales que los alejan, al igual que a nosotros, de sus vidas cotidianas para, finalmente, ellos, junto con nosotros, culminar su explosión orgásmica de placer físico en el reconocimiento de que “la fantasía”, realmente, está “vacía”, arrojándonos, de nuevo, de una patada, a esta realidad cotidiana; que es la única verdaderamente real y en donde se da la verdadera sensualidad de la que nunca querríamos escapar, y en la que, tras el éxtasis carnal, lejos de salir corriendo, querríamos sumirnos en un eterno abrazo.

   Una realidad cotidiana, repleta de auténtica sensualidad y placer físico que nos resistimos a valorar por culpa de una mente que nos posee y que siempre quiere estar en otro lugar, que siempre quiere algo que no tiene aquí y ahora.
Así, anestesiados de la Realidad, soñamos despiertos y andamos dormidos; soñando otros mundos mientras dormimos, soñando otros mundos mientras no dormimos. Sin nunca Despertar, realmente. Es por esto que al re-conocimiento de la “realidad en sí” o de la “realidad inmediata” o la Realidad (con mayúscula), las tradiciones orientales le llaman Despertar. Despertar a la realidad inmediata más allá de cualquier fantasía, ideología política o creencia religiosa, que está acaeciendo aquí y justo ahora. Reconociéndola, sintiéndola, en este instante como plena en sí misma en la que la mente, que siempre quiere estar en otro lugar, se termina fundiendo con la percepción y con el cuerpo, que siempre están aquí, y en donde -como dicen los Maestros Zen- “a este momento nada le sobra y nada le falta”. Nada, por tanto, hay que buscar fuera de este rico momento, una vez se ha re-conocido tal sobreabundancia latente en este instante... en éste... y en éste... y en este otro...

   “Pienso, luego existo”, dijo Descartes. Y, de este modo, asumiendo que fuera del pensamiento no podemos ser nada más, la sociedad occidental olvidó que antes de “existir porque pensaba” ya “existía porque, simplemente, era”. Así, el “soy, luego existo” es anterior al “pienso, luego existo”. Y este “soy, luego existo” es el “existo, luego pienso” que nos devuelve, finalmente, a la verdadera realidad que no está en otro lugar imaginado, sino en la inmediatez del aquí y justo en este momento, que es la vida cotidiana que no es imaginada, en la que el Ser integrado como el HOMBRE -o MUJER- (con mayúsculas) se manifiesta recuperando, finalmente, su trono que le fue arrebatado por una mente hedonista y caprichosa; y en donde esa otra realidad virtual, esa mente, en definitiva, se pone, nuevamente, al servicio del HOMBRE, y no viceversa.

   Y es en este HOMBRE y no en esa “mente”, en donde se crean las verdaderas relaciones humanas, como compromisos que aportan plenitud; en donde se construyen las verdaderas sociedades, como actuaciones intersubjetivas de intercambio de reconocimiento mutuo; en donde se elaboran las verdaderas políticas, como modelos altruistas de organización social y en donde las verdaderas economías se nos revelan como el intercambio material equilibrado. Y, es por ello, que en la actualidad todo esto no es así; porque residimos de continuo en nuestra mente, que siempre quiere estar en otro lugar, en lugar de residir en nuestro Ser, que siempre está aquí. Porque vivimos anestesiados en el pensamiento -del hombre-, en lugar de vivir plenamente en el Ser -del HOMBRE-

   Y, finalmente, todo lo expuesto anteriormente se reduce a una frase del texto de Villalba que os he invitado a leer, y que dice: “Los sentimientos y las sensaciones fantaseados nos alejan y nos aíslan de los verdaderos sentimientos y sensaciones”. Y yo, añado: ”Estas fantasías continuamente recurrentes, este querer estar casi de continuo en otro lugar, nos alejan de las verdaderas relaciones con las personas a las que realmente importamos”.

   Por último, si habéis llegado hasta el final, os insto a que ocupéis un poco de tiempo más y leáis el texto de este Maestro de la Vida.

1 feb. 2010

Acerca del pensamiento y de la Cultura

   Cualquiera que lleve a cabo un mínimo trabajo de instrospección se percatará, inmediatamente, de que la Cultura en que se haya inmerso rige su comportamiento y de que el pensamiento es el instrumento final mediante el cual ésta nos dicta.

   Resulta, por ello, evidente que la Cultura nos grava valores y normas de conducta en el cerebro. La experiencia personal, entonces, se ajusta o desajusta, mediante un acto de pura discriminación mental, a estos valores y normas generando, así, sentimientos de autoestima o reprobación; y estos sentimientos, evocados con mayor o menor frecuencia, estimulan los pensamientos que nos trasladan al pasado, al posible futuro o a la mera elucubración mental. Así, nuestra atención se vuelca en “lo pensado”, en lugar de en el “simplemente ser” anterior a pensamiento alguno. Y es con la aparición de “lo pensado” -con la aparición de la Cultura, en definitiva- con lo que ya, no “simplemente soy”; ahora, además, “pienso que soy ciudadano”, “pienso que soy padre”, “pienso que soy emprendedor”, “pienso que soy un zoquete”, “pienso que soy...”, … pienso que he de “ser algo concreto” (muchas cosas concretas, en realidad). De este modo, nuestra energía vital se disipa en la frustración o en la complaciencia a las que nos lleva “lo pensado”, que se pensó a causa de “lo sentido”, que se sintió al enjuiciar nuestra “experiencia personal”, o al pensarla, en base a los valores y normas que aprendimos en la Cultura que nos convirtió en seres humanos. Es por esto que el pensamiento, al principio y al final de la serie, como en un círculo vicioso, es la causa de este desgaste vital.

   Hablo de un pensamiento que poco tiene que ver con el recto discernimiento impersonal -padre de toda Filosofía y de toda Ciencia-, sino que, más bien, tiene que ver con el pensamiento egóico -personal-, compulsivo, casi esquizofrénico, enraizado en lo dogmático y en el prejuicio y, desafortunadamente, asumido como una actividad psíquica “normal” del Hombre, que surge de la discriminación a la que nos llevan los valores, las visiones del Mundo, la Cultura aprendida. Un pensamiento generador de tensión, que se sirve de prejuicios dogmáticos (sociales y religiosos), que se alimenta de traumas gestados en el no encaje entre “lo sentido” y “lo aceptado culturalmente”, que se alimenta, igualmente, de la vanagloria del que, a la inversa, se ve perfectamente reconocido en la cultura que le vio nacer y que, finalmente, y llevado al extremo, se alimenta, incluso, de las teorías racionales que tratan de ordenar el Mundo y de las teorías ecológicas y humanistas que tratan de salvarlo y de salvarnos. Todos ellos, pensamientos, al fin y al cabo; pensamientos que nos aportan, finalmente, frustración -o devaluación del ego- o complaciencia -o inflación de éste- y que, en su génesis, nos restan la energía vital innata y creadora que lleva adosada consigo la verdadera felicidad, que es sencilla y extática al mismo tiempo; que es innominada, pues su esencia no puede ser atrapada por “lo pensado” -por cualquier cultura dada, en definitiva- sino que, de otra manera, esta felicidad plena en sí misma y Vacía de cualquier contenido concreto, tan sólo puede ser sentida antes de elaborar pensamiento alguno. Por esto, por ser anterior al pensamiento, es Universal y anterior a la Cultura. Una Cultura -lo pensado- que tan sólo puede “representar” dicha Felicidad primera en una imagen, en un concepto, una vez se ha experimentado. Y como imagen, como concepto, la idea salta de mente en mente, desligada ya de su propia Fuente: la experiencia misma; quedando, así, ya inerte. Esto es la ortodoxia religiosa, que convierte lo extático (o la experiencia viva de la Fuente, que es Felicidad innata) en estático (o el mero concepto muerto o idea fija de lo experimentado); que convierte al Espíritu sentido, fluyente e inmanente, en un mero concepto o abstracción pensada, estática e inerte; como si la foto misma fuera suficiente para experimentar el paisaje que ha captado.

   Esto es, en definitiva, la Cultura que, por otro lado, fue la consecuencia inevitable del primer “yo soy” pensado, necesario para el Despertar del Hombre. Esta es la buena noticia y la mala de la Cultura y del pensamiento: La buena; que nos hace conscientes. La mala; que nos genera una falsa identidad, o muchas falsas identidades, en las que nos terminamos perdiendo y mediante las cuales, finalmente, nos terminamos desgastando.