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2 jul. 2010

La mente como principio auto-organizado que se resiste a re-organizarse

   Es interesante reflexionar acerca de cómo nos cuesta dar nuestro brazo a torcer...
En el peor de los casos, concluimos que esto es una cuestión de orgullo personal y, en el mejor de ellos, que esto es debido a que nuestros “valores”, gestados interiormente, no nos lo permiten. En ambos, asumir que nos hemos equivocado, o sentir profundamente que tal vez nuestros principios hayan de ser revisados, implican una amenaza para el yo, como centro psíquico de identidad, a través del cual vivenciamos y experimentamos nuestras relaciones subjetivas con otros yoes.


   La mente humana, a partir de un cierto grado de desarrollo -esto es, a partir de que la estructura egóica se consolida-, tiende a estancarse y, a partir de ahí, a perpetuarse a sí misma tal cual ha quedado; como en una especie de “aquí me planto, pues ya he llegado”. Es como si nosotros mismos, por propia iniciativa, adelantásemos la señal de meta unos cuantos kilómetros.
Centrándonos, ahora, en los valores asimilados culturalmente, como la más noble de las causas que nos impiden reconocer que tal vez estemos actuando erróneamente, nos percatamos de que, a partir de un determinado momento del desarrollo interior, que viene a ser cuando, metafóricamente, como decíamos, adelantamos la meta y nos plantamos, la mente se reviste, a sí misma, de una especie de identidad gestada a través de los valores recopilados a lo largo de su desarrollo y maduración. Valores propios del medio cultural en que el sujeto se haya inmerso, que son asimilados por el mismo mediante la educación social; el yo egóico, entonces, se gesta y se manifiesta.
La autoconciencia emergente apuntala los valores que le dan vida, que la pisibilitan... cristalizándose ésta. La moldeabilidad, entonces, desaparece; pues el sentido de identidad (de yo) que se genera, consecuencua de esta autoconciencia, es la propia estructura apuntalada, fija. Yo soy yo porque creo en esto y aquello, y no creo en aquello y esto otro. Para, más tarde, este sentido del yo, que es consecuencia de esta conciencia de sí o autoconcienca, sentirse amenazado, como morir, cuando esos valores que lo apuntalan y le dan forma, son atacados. Cuando esos principios o valores, asimilados interiormente a lo largo de años de aprendizaje cultural (cognitivo y emocional), empiezan a ser sacudidos fuertemente por la Vida misma, la mente se siente, entonces, agredida porque ella misma es esos valores.
Cuando algo o alguien nos mueve a cuestionarnos algunos de estos principios vitales por resultarnos no operativos y/o dañinos, y decidimos, intuitivamente, dejar de creer en ellos, estos mismos principios vitales empiezan a no ser en nuestro interior y parte de nuestra yo comienza, simultáneamente, a no ser; pues él mismo, como decíamos, es esos valores que están desapareciendo al no creer ya en ellos. Ese "no ser interior" de algo que, previamente "sí ha sido interiormente" se experimenta, subjetivamente, como una muerte (psicológica) de una parte de nosotros mismos, de nuestro propio yo. Y esto asusta, casi tanto como si lo que se nos estuviera muriendo fuera una parte de nuestro cuerpo.
El cambio psicológico, como ese punto de inflexión al que a algunos nos somete la Vida, nos cuesta; nos da miedo. Una vez la estructura de la autoconciencia se ha afianzado, hecho rígida, cabría decir, enquistado, mediante el afianzamiento, apuntalamiento, de los valores que la posibilitan, no nos resulta nada fácil derrumbar el templo de estos valores nuestros que ya no nos sirven para volver a construir, desde los cimientos, otro nuevo. Esto implica, como en todo cambio que tome la forma de una desestructuración que derive en una nueva estructuración, el radical paso de un estado (psíquico) a otro. Implica una desorganización psíquica que se experimenta, subjetivamente, como una muerte (psicológica), o puede que como una enajenación mental transitoria, o puede que como ambas a la vez; pues el yo se tambalea desde sus pilares, que son su sistema de valores concretos, para, más tarde, volver a re-organizarse en una nueva estructura psicológica que se experimenta como un re-nacer (psicológico) nuevo, más integrado y operativo. Así, ser valiente y entregarse a lo inevitable para, más tarde, ver qué hay detrás de todo ese caos, trae consigo la recompensa. Si todo marcha como debiera, detrás del caos que destruye el orden (psícológico) establecido, sólo hay re-organización en un nuevo orden (psíquico) que resuelve las flaquezas del orden anterior. Si bien, me temo, éste habrá de traer consigo sus propias nuevas flaquezas intrínsecas, que habrán de ser resueltas en otro nuevo orden, el cual, a su vez, traerá sus propias y nuevas flaquezas... Y así, una y otra vez, transitando del orden al caos y de éste al nuevo orden hasta que, fianlmente, ya no haya estructuras psíquicas dominantes, construídas a base de valores culturales aprendidos, sino, tan sólo, Ser consciente...


   Es importante hacer notar, darse cuenta, de que la mente en sí misma es esos valores aprendidos y la capacidad de reflexión que éstos conllevan. La mente se condensa, aparece en la Conciencia, a través de la gestación de conceptos y de valores que le dan forma, al mismo tiempo que la hacen posible.
La Conciencia es la sensación inconsciente de Ser; la mente son los conceptos y valores que ese “Ser” asimila/crea para sí, por medio de la enculturación, para hacerse, de este modo, “consciente”. Consciente, a través de los valores de la mente que le llevan a reflexionar, a darse cuenta de que reflexiona y, por tanto, de que "es"; de que hay un “yo” que reflexiona.
Y es de este modo, como el Ser inconsciente del recién nacido que, potencialmente, es todas las posibilidades psicológicas, se va actualizando a lo largo de su desarrollo cognitivo y emocional en algo concreto, en un modo psicológico concreto -perfilado por su cultura y situación concreta-, para interactuar, así, con los otros yoes -o modos psicológicos concretos-, conforme a las reglas del juego (inconsciente) de la Cultura (dada)... Y aquí es en donde nos plantamos adelantando, sin tan siquiera darnos cuenta, la señal de meta. Sin percatarnos de que esta meta está, realmente, más allá; en ese otro espacio que hay detrás de la convencional señal de llegada, pero inmediatamente aquí y ahora; en donde la inicial sensación inconsciente de ser que es la Conciencia pura del recién nacido, como la tábula rasa que preconizara John Locke, se torna, entonces, pura sensación "consciente" de Ser, más allá, o inmediatamente antes, de cualquier valor aprendido externamente por medio de la Cultura. Así, en una última re-organización o transformación interna, mediante la más desconcertante de las reestructuraciones del yo, el centro de gravedad de la identidad personal se desliza “a oscuras” o sin reflexión posible que mantenga dominante a la conciencia autoreflexiva, y lo hace desde esta conciencia autoreflexiva a la que, eventualmente, deja atrás, hasta la simple e inmediata conciencia "consciente" de Ser. En donde, finalmente, se nos revela que existe la idea innata del Bien, como el propio Locke (empirista moderado) y los racionalistas nos dijeran. O, como concretara Platón, existen las ideas innatas de lo Hermoso, de lo Bueno y de lo Verdadero, como tres aspectos del mismo principio del Bien que derivarán en la moral, la ética y el Derecho Natural (del cual surgen a su vez todos los demás Derechos).
Y es que sucede que, a partir de este momento, inmerso en la Pura Conciencia Consciente de Ser, se vislumbra que la autoconciencia reflexiva, que es anterior, intuye esta idea del Bien y sus expresiones debido a que la misma Conciencia Pura Consciente de Ser es plenamente ese Bien que los racionalistas, como centros psíquicos de autoconciencia reflexiva, intuyen y, posteriormente, representan como idea del Bien innata. La Pura Conciencia de Ser es plenamente lo hermoso, lo bueno y lo verdadero sin forma, que se filtra a través de la forma perceptible cuando el Ser que somos se hace consciente de sí, y lo hace sin necesidad de conciencia reflexiva alguna que lo guíe por el Mundo manifiesto.
De este modo, el Ser consciente de sí no es “la idea” del Bien con sus tres expresiones que son simultáneamente "las ideas" de lo Hermoso, lo Bueno y lo Verdadero, sino el Bien mismo que se expresa simultáneamente en la hermosura misma, la pura bondad o compasión y lo único que es realmente verdadero.


    Y sucede que la gran mayoría de nosotros vemos lo anterior, en el mejor de los casos, como una mera “idea” que se filtra en nuestras mentes, a través de palabras de otros que recibimos desde fuera. Y no lo sentimos como puro hecho empírico interior que se expresa en la más elemental de las cogniciones conscientes, porque nos cuesta crecer interiormente, evolucionar, progresar... ir más allá de la señal de meta que, consensuadamente, hemos adelantado. E ir más allá es, en consecuencia, no plantarnos en donde todos lo hacen y continuar creciendo interiormente, evolucionando, progresando, una y otra vez, hasta el Ser mismo consciente de sí que es la verdadera Meta. Y nos cuesta ir más allá, como los seres conscientes que somos, porque a la mente consciente, que subjetiva y pobremente somos, le da miedo desestructurarse; pues esto implica su propia muerte (psicológica) y/o enajenación mental (transitoria).
Esta sensación subjetiva de muerte (psicológica) y/o (transitoria) enajenación mental es la que mueve a nuestra mente a conservarse a sí misma y a que nosotros, por tanto, no evolucionemos en un Hombre (o Mujer) nuevo.
Para mantener las viejas estructuras que ya no nos valen, sin incurrir en la más absoluta incoherencia, esta mente estrecha recurrirá al autoengaño que, para no ser visto, se ocultará en lo más recóndito de nuestra conciencia manifestándose, subrepticiamente, en forma de depresión vital.


   Obligar a la mente, desde la intuición que está más allá del autoengaño y el miedo, a morir en su vieja estructura para renacer en una nueva estructura más integrada y operativa, es hacer que un nuevo centro de identidad surja. Obligarla a deshacer sus viejas estructuras, con la fuerza y la confianza que nos puede aportar la intuición, como pequeño punto luminoso de conciencia que siempre está más allá, al fondo, es crear un nuevo yo desde la valentía del que siempre quiere ser mejor; el guerrero de la Luz, que sabe que de ningún cobarde se escribió jamás ninguna gran historia. Que sabe que las historias contadas, mismas, son enseñanzas que, en definitiva, nos instan a evolucionar, a progresar, a través de diversas muertes y resurrecciones, como en el mito del Ave Fénix que surge de sus cenizas, nueva, renovada, con más esplendor que su anterior. Evolucionar interiormente, morir y volver a nacer (psicológicamente), es, por tanto, mirar hacia atrás y ver como el fondo (el Ser) permanece, pero la forma (el yo mental) cambia...


   Y así debería de ser de continuo; un yo mental en perpetuo cambio, dispuesto a re-morir y re-nacer constantemente hasta que, en una última muerte y en una última resurrección, tan sólo haya Ser consciente de sí, en donde la mente ya no sea el centro de gravedad que atrae y se apodera de nuestra sensación de yo, sino tan sólo una herramienta al servicio de nuestro Ser, que no es otra cosa que nuestro verdadero yo. Nuestro real y absoluto centro de gravedad, la gravedad que atrae, que unifica; la gravedad de lo hermoso, lo bondadoso y lo verdadero... la gravedad del Amor, a través del cual, como en un agujero negro, la Luz de la Conciencia se filtra para reconocerse a sí misma en el Universo entero.