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22 oct. 2016

Foco abierto/foco contraído

Cuando estás en foco abierto contemplas el fenómeno. Cuando estás en foco contraído te concentras en el fenómeno.

Percibir en modo “foco abierto” tiene que ver con percibir el fenómeno desnudo, tal cual es. Percibir en modo “foco contraído” tiene que ver con revestir el fenómeno, con adjetivarlo, con proyectar sobre el mismo una serie de cualidades que tu biografía construye para él.

La meditación propia del Soto Zen (cultivo de la atención) enseña a percibir en “foco abierto”. ¿Y qué sucede cuando el mundo se percibe de continuo en esta modalidad? Entonces, ni arriba ni abajo, ni al norte ni al sur ni al este ni al oeste, ni adentro ni afuera... ni esto ni aquéllo...

17 oct. 2016

Dos venenos

Dos son los venenos que enferman la mente de la buena gente: La "culpa" y la "duda".

Saber vivir tiene que ver con el hecho de transformarlos en el simple trago amargo que supone admitir que “no somos perfectos” y que “tenemos derecho a equivocarnos”.

5 ago. 2016

Un Hombre nuevo hecho de fuego

La energía vital se desparrama a lo largo de los pensamientos incesantes y descontrolados, así como por medio de las emociones y acciones en que éstos derivan. Mediante la técnica de shikantaza (simplemente sentarse) del Soto Zen, creamos las condiciones de inmovilidad necesaria, tanto física como mental, para evitar la fuga descontrolada, en todas direcciones, de esta energía vital y, así, poder focalizarla en la “atención” y filtrarla a través de ésta.

Es por ello, que la energía psicofísica o energía vital puede brotar o bien descontroladamente (o inconscientemente) a través de los pensamientos-sentimientos-acciones descontrolados, o bien puede hacerlo controladamente (o conscientemente) a través del recogimiento de esta energía psicofísica en la “atención”.

Dominar este procedimiento no es tarea fácil. Fortalecer el “músculo de la atención” lo suficiente como para que éste atrape toda esta energía vital que nos mueve y la haga, a su vez, pasar a través de su propio filtro es una empresa sencilla en cuanto a conceptualización, pero tremendamente difícil en cuanto al dominio real de su ejecución.

Aquél que se mantenga firme en este propósito arderá en las llamas de la atención y, como en el mito del Ave Fénix, resurgirá de sus cenizas un Hombre nuevo hecho de fuego.

9 ene. 2016

Freud y el budismo

La siguiente entrada ha sido publicada en la revista digital Red Científica, a modo de artículo de opinión:

http://www.redcientifica.org/freud_y_el_budismo.php

Conforme a la teoría del psicoanálisis de Freud, el individuo es una unidad cuerpo-mente dirigida, en su aspecto más fundamental o biológico, por la energía libidinosa que hunde sus raíces en el cuerpo y aflora en la mente. Esta energía vital o libido fluye a través de la unidad psicosomática mediante lo que él denominó pulsiones. Estamos, además, biológicamente programados para dar salida a estas pulsiones o emanaciones de la energía vital o libidinosa. Para ello, el organismo habrá de actuar conforme al siguiente esquema:

-Tensión, o manifestación de la pulsión.
-Acción, dirigida hacia la obtención de la demanda dictada por la pulsión.
-Descarga, o consumación de la demanda.
-Relajación, o bienestar producido tras dicha consumación.

Sin embargo, sucede que esta satisfacción de las pulsiones naturales o libidinosas ha de ser llevada a cabo en el medio ambiente, siempre cambiante, en el que el sujeto se halla inmerso. Un medio ambiente que, además, en el caso de los humanos, se encuentra suplementariamente configurado por la Cultura y su código de valores y reglas sociales. Con lo que, con frecuencia, la realidad ambiental y cultural imposibilita la satisfacción de estas demandas de la energía libidinosa o pulsiones. Por ello, cuando la acción que lleva al individuo a satisfacer el deseo o pulsión no puede ser consumada deviene, en lugar de la descarga y posterior relajación, la frustración que derivará en una mayor tensión añadida.
Freud sugiere que, en su manifestación más primaria, la mente, regida por el ello, está motivada o dirigida hacia la consecución del placer y que, además, esta mente básica, de naturaleza hedonista, presenta poca tolerancia a la frustración -provocada por la no obtención del placer- En línea con Freud, Taishen Deshimaru, maestro zen del S. XX, diría: “Nos pasamos la mitad de nuestra vida corriendo detrás de lo que nos gusta y la otra mitad corriendo delante de lo que nos disgusta”.

Y es a causa de este hecho fundamental que se da en la misma base de la mente, el de la escasa tolerancia a la frustración provocada por la no obtención del placer, que creamos una serie de estrategias inconscientes, a modo de autoengaños, para evitar, negar o distorsionar esta frustración o fuente de ansiedad. Estas estrategias son, igualmente, utilizadas para evitar, negar o distorsionar aquellas pulsiones que, por su naturaleza, se enfrentan radicalmente a los valores culturales que hemos asumido. De este modo, estos mecanismos inconscientes tienen dos misiones; por un lado, disipar la frustración derivada de la no obtención del placer dictado por la pulsión y, por otro, impedir la misma manifestación de la pulsión, en el caso de que ésta se nos aparezca como intolerable. A estás estrategias o autoengaños, Freud las denominó mecanismos de evitación o mecanismos de defensa. Algunos de estos mecanismos son:

-Negación. Mediante ésta negamos aspectos de la realidad que nos resultan tremendamente dolorosos o aquellas pulsiones que, conforme a nuestro sistema de valores culturales, se nos aparecen como tremendamente amenazantes.
-Represión. Similar a la negación, pero mientras que en la primera se da una afirmación categórica del tipo “yo no esto o aquello” -la negación misma-, en la represión el sujeto no se permite ni tan siquiera los pensamientos acerca de estas realidades tan dolorosas o amenazantes para él.
-Formación reactiva. Por medio de este mecanismo los impulsos no sólo se reprimen, sino que, además, se enfatiza la conducta opuesta para no dejar lugar a dudas de que lo contrario no es.
-Proyección. A causa de ésta percibimos en los otros actitudes que nos resultan tremendamente inaceptables conforme a nuestro sistema de valores y que, realmente, no están en ellos, sino que son el resultado de la proyección inconsciente de nuestras propias pulsiones que, de nuevo, inconscientemente, han sido evitadas por resultarnos amenazantes. Así, en primer lugar, ponemos nuestro deseo en el otro y, en segundo lugar, guardamos distancia sobre él.
-Racionalización. A través de ésta justificamos o excusamos comportamientos propios que, realmente, nos parecen inapropiados y que criticaríamos en los demás.
-Compensación. Se da en personas que tienen, o creen tener, una deficiencia o debilidad y tratan de compensarla sobresaliendo en otros aspectos.
-Sublimación. Mediante ella se redirigen las pulsiones inaceptables, especialmente de carácter sexual y violento, hacia actividades constructivas y aceptables para la sociedad que nos es propia.

Estos mecanismos de defensa irían, de alguna manera, relegando al ámbito del inconsciente, tanto los deseos a modo de pulsiones que han sido reprimidos, como las experiencias altamente frustrantes derivadas de la no obtención de los propios objetos de deseo. Circunstancia que, de forma inconsciente, se dará a lo largo de la vida del individuo; iniciándose en la infancia y continuando en la madurez. Lo cual fragmenta la identidad ya desde el momento en que comienza a formarse, creando puntos ciegos en la personalidad. Y es así como el Hombre, a lo largo de su desarrollo, nunca acaba de percibirse plenamente a sí mismo y a la realidad de su entorno, sino que, desde el momento en que empieza a ser consciente, percibe una imagen distorsionada de ambos que, inconscientemente, se ha ido haciendo mediante la imposición de los dictámenes de la Cultura. En los casos más extremos de autoaplicación inconsciente de los mencionados mecanismos de evitación, en el sujeto aparecerá la neurosis u otros.
La finalidad del psicoanálisis, por tanto, es la de que el sujeto, de forma activa y con la guía del terapeuta, mediante el diálogo, técnicas de asociación de ideas, interpretación de imágenes, etc, vaya desenterrando todo este material inconsciente que ha ido acumulando a lo largo de años de ejecución de actos psíquicos evitativos hasta hacerlo consciente para, posteriormente, aceptarlo y, con ello, reconducirlo y reintegrarlo en su vida de manera ordenada. Conformando, así, un “yo” sano.

Hasta aquí el Buda estaría de acuerdo cuando formuló su teoría en torno a los conceptos de maya (ilusión o engaño), dukka (sufrimiento) y samsara (o el mundo vivenciado a través del autoengaño y del sufrimiento). Pues en un intento de fusionar ambas doctrinas, hasta donde se pueda, podríamos decir que es mediante estos mecanismos de defensa o de evitación que observó Freud, que el individuo se autoengaña generando un mundo personal ilusorio (maya). La disociación interna e inconsciente entre la realidad tal cual es y la realidad que nos hemos construido mediante los mecanismos de defensa, genera esa ansiedad existencial vital (dukka) presente, en mayor o menor grado, en todos los hombres y mujeres que conformamos la civilización. Numerosa y exitosa literatura, en forma de genero de autoayuda, se ha escrito para paliar esta tensión interior que, unas veces más otras menos, nos termina afectando a todos. Finalmente, toda esta amalgama de autoengaño (maya) y ansiedad existencial (dukka) derivada de éste, conformará nuestro mundo subjetivo dominado por el imperio del discurso interior descontrolado y sus emociones desmedidas (samsara).

Sin embargo, el Buda, por medio de una intuición sin precedentes, fue un paso más allá cuando se percató de que la primera y más sutil de las ilusiones o engaños (maya) que el sujeto genera para sí, es la idea de “yo”. Así, el Buda formuló que el “yo” no es una entidad real, sino una construcción, se podría incluso decir, de carácter onírico. Pero para desmontar el engaño situado en lo más profundo del inconsciente, el más sutil y arraigado de ellos, el de la idea de que dentro de mí hay “alguien”, primero se hace necesario desenterrar y desmontar los autoengaños que vinieron después y que le cayeron encima, enterrándolo aún más profundo. Para sacar a la luz de la consciencia estos autoengaños y para desmontar los mismos mecanismos de defensa que los generaron, Freud creó la técnica del psicoanálisis que posibilitaba la reorganización del “yo” en una unidad integrada y más consciente. Cuando esto se consigue, el psicoanálisis del sujeto finaliza. Con el mismo fin, el Buda creó la meditación vipassana, que viene a significar ver las cosas tal como son. La meditación vipassana consiste, expresado de forma muy resumida, en inmovilizar el cuerpo en la posición sedente para, de esta manera, inducir la inmovilización de la actividad mental y, así, crear las condiciones necesarias para que el subconsciente vaya progresivamente aflorando hasta hacerlo consciente mediante un proceso continuo de, podría decirse, darse cuenta; siempre bajo la supervisión del maestro. Con la salvedad de que, y aquí es donde reside la originalidad del Buda, éste no se conformó con reordenar al “yo” en una entidad saludable, sino que mediante esta técnica meditativa fue incluso más allá hasta deshacerlo como se deshacen todas aquellas ideas preconcebidas del sujeto que han conformado su personalidad a lo largo de los años. Así, del mismo modo que por medio del psicoanálisis desmontamos todas aquellas ideas perniciosas que nos hemos creado acerca de nosotros mismos y de los demás, por medio de la meditación budista, cuyas instrucciones habrán de ser dadas por un maestro legitimado, desmontaremos todas aquellas ideas acerca de mí, acerca de los demás, acerca del mundo, y ya en este caso tanto perniciosas como saludables para, finalmente, desmontarme a mí mismo y, de esta manera, como dicen los maestros zen, morir en el cojín para renacer al mundo tal y como es; sin un “yo” interior y constante que lo distorsione.

Podemos, también, mostrar, por último, lo que hay de común entre el psicoanálisis y la meditación budista, así como las limitaciones de la práctica psicoanalítica con respecto al budismo, mediante la cita de Dogen, maestro zen del S XIII, que dice: “Estudiar el budismo es estudiarse a sí mismo. Estudiarse a sí mismo es olvidarse de si mismo. Olvidarse de sí mismo es reconocerse en las cien mil cosas”
Así, como dijera Dogen en la primera sentencia, el sujeto, por medio de la meditación, se estudia a sí mismo desmontando, de esta manera, los autoengaños que ha ido generando a lo largo de su vida; el psicoanálisis hará lo mismo por sus propios medios. Pero el psicoanálisis y, en general, cualquier corriente psicológica, termina aquí y la meditación budista continúa a lo largo de la segunda y tercera sentencias. Continúa en la segunda sentencia, haciendo al sujeto olvidarse de sí mismo o desmontando al “yo” que hay dentro de él. Hasta culminar en la tercera sentencia, en la que se expresa lo que en el budismo se conoce como shamadi o Despertar; ese punto de fuga interior hacia lo inefable en donde el individuo experimenta la Autorealización. Una Realización suprema que es el punto omega de toda psicología occidental, que señala la dirección a seguir pero siempre inalcanzable por su propios medios; pues allí donde entra en escena un “yo” que nos escinde del mundo, dicha Realización nunca es posible.