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23 mar 2017

Eso es Todo

La atención se transforma en presencia,
La presencia se transforma en consciencia,
La consciencia se transforma en luz.
A un lado el mar, al otro las montañas.
Eso es todo y tú eres Eso.

6 mar 2017

Felicidad innata

Gracias al budismo, a zazen, comprendí que la "verdadera" felicidad no es un añadido a alcanzar en algún lugar en el futuro, sino que ésta es la esencia siempre presente de uno mismo cuando uno mismo se vacía de motivos, ¡qué gran descubrimiento!... Existe en nuestro interior una felicidad innata, en forma de vacua autorrealización, enterrada entre tanta basura mental vertida al cabo del día, que está vacía de contenidos y que, por tanto, no depende de ninguna circunstancia. Un espacio insondable interior de libertad, un abismo hecho de nada que es todo en potencia, una dicha de simplemente ser, un Dios impersonal que se alza como el Universo entero y que "es" tú mismo. Aquello que ya eres desde antes de que nacieran tus padres, como reza un koan zen.

¿Que no te lo crees? Sigue las instrucciones, practica diligentemente y descúbrelo por ti mismo, pues el secreto de la vida no te será regalado; habrás de escarbarlo duramente dentro de ti.

22 oct 2016

Foco abierto/foco contraído

Cuando estás en foco abierto contemplas el fenómeno. Cuando estás en foco contraído te concentras en el fenómeno.

Percibir en modo “foco abierto” tiene que ver con percibir el fenómeno desnudo, tal cual es. Percibir en modo “foco contraído” tiene que ver con revestir el fenómeno, con adjetivarlo, con proyectar sobre el mismo una serie de cualidades que tu biografía construye para él.

La meditación propia del Soto Zen (cultivo de la atención) enseña a percibir en “foco abierto”. ¿Y qué sucede cuando el mundo se percibe de continuo en esta modalidad? Entonces, ni arriba ni abajo, ni al norte ni al sur ni al este ni al oeste, ni adentro ni afuera... ni esto ni aquéllo...

17 oct 2016

Dos venenos

Dos son los venenos que enferman la mente de la buena gente: La "culpa" y la "duda".

Saber vivir tiene que ver con el hecho de transformarlos en el simple trago amargo que supone admitir que “no somos perfectos” y que “tenemos derecho a equivocarnos”.

5 ago 2016

Un Hombre nuevo hecho de fuego

La energía vital se desparrama a lo largo de los pensamientos incesantes y descontrolados, así como por medio de las emociones y acciones en que éstos derivan. Mediante la técnica de shikantaza (simplemente sentarse) del Soto Zen, creamos las condiciones de inmovilidad necesaria, tanto física como mental, para evitar la fuga descontrolada, en todas direcciones, de esta energía vital y, así, poder focalizarla en la “atención” y filtrarla a través de ésta.

Es por ello, que la energía psicofísica o energía vital puede brotar o bien descontroladamente (o inconscientemente) a través de los pensamientos-sentimientos-acciones descontrolados, o bien puede hacerlo controladamente (o conscientemente) a través del recogimiento de esta energía psicofísica en la “atención”.

Dominar este procedimiento no es tarea fácil. Fortalecer el “músculo de la atención” lo suficiente como para que éste atrape toda esta energía vital que nos mueve y la haga, a su vez, pasar a través de su propio filtro es una empresa sencilla en cuanto a conceptualización, pero tremendamente difícil en cuanto al dominio real de su ejecución.

Aquél que se mantenga firme en este propósito arderá en las llamas de la atención y, como en el mito del Ave Fénix, resurgirá de sus cenizas un Hombre nuevo hecho de fuego.

9 ene 2016

Freud y el budismo

La siguiente entrada ha sido publicada en la revista digital Red Científica, a modo de artículo de opinión:

http://www.redcientifica.org/freud_y_el_budismo.php

Conforme a la teoría del psicoanálisis de Freud, el individuo es una unidad cuerpo-mente dirigida, en su aspecto más fundamental o biológico, por la energía libidinosa que hunde sus raíces en el cuerpo y aflora en la mente. Esta energía vital o libido fluye a través de la unidad psicosomática mediante lo que él denominó pulsiones. Estamos, además, biológicamente programados para dar salida a estas pulsiones o emanaciones de la energía vital o libidinosa. Para ello, el organismo habrá de actuar conforme al siguiente esquema:

-Tensión, o manifestación de la pulsión.
-Acción, dirigida hacia la obtención de la demanda dictada por la pulsión.
-Descarga, o consumación de la demanda.
-Relajación, o bienestar producido tras dicha consumación.

Sin embargo, sucede que esta satisfacción de las pulsiones naturales o libidinosas ha de ser llevada a cabo en el medio ambiente, siempre cambiante, en el que el sujeto se halla inmerso. Un medio ambiente que, además, en el caso de los humanos, se encuentra suplementariamente configurado por la Cultura y su código de valores y reglas sociales. Con lo que, con frecuencia, la realidad ambiental y cultural imposibilita la satisfacción de estas demandas de la energía libidinosa o pulsiones. Por ello, cuando la acción que lleva al individuo a satisfacer el deseo o pulsión no puede ser consumada deviene, en lugar de la descarga y posterior relajación, la frustración que derivará en una mayor tensión añadida.
Freud sugiere que, en su manifestación más primaria, la mente, regida por el ello, está motivada o dirigida hacia la consecución del placer y que, además, esta mente básica, de naturaleza hedonista, presenta poca tolerancia a la frustración -provocada por la no obtención del placer- En línea con Freud, Taishen Deshimaru, maestro zen del S. XX, diría: “Nos pasamos la mitad de nuestra vida corriendo detrás de lo que nos gusta y la otra mitad corriendo delante de lo que nos disgusta”.

Y es a causa de este hecho fundamental que se da en la misma base de la mente, el de la escasa tolerancia a la frustración provocada por la no obtención del placer, que creamos una serie de estrategias inconscientes, a modo de autoengaños, para evitar, negar o distorsionar esta frustración o fuente de ansiedad. Estas estrategias son, igualmente, utilizadas para evitar, negar o distorsionar aquellas pulsiones que, por su naturaleza, se enfrentan radicalmente a los valores culturales que hemos asumido. De este modo, estos mecanismos inconscientes tienen dos misiones; por un lado, disipar la frustración derivada de la no obtención del placer dictado por la pulsión y, por otro, impedir la misma manifestación de la pulsión, en el caso de que ésta se nos aparezca como intolerable. A estás estrategias o autoengaños, Freud las denominó mecanismos de evitación o mecanismos de defensa. Algunos de estos mecanismos son:

-Negación. Mediante ésta negamos aspectos de la realidad que nos resultan tremendamente dolorosos o aquellas pulsiones que, conforme a nuestro sistema de valores culturales, se nos aparecen como tremendamente amenazantes.
-Represión. Similar a la negación, pero mientras que en la primera se da una afirmación categórica del tipo “yo no esto o aquello” -la negación misma-, en la represión el sujeto no se permite ni tan siquiera los pensamientos acerca de estas realidades tan dolorosas o amenazantes para él.
-Formación reactiva. Por medio de este mecanismo los impulsos no sólo se reprimen, sino que, además, se enfatiza la conducta opuesta para no dejar lugar a dudas de que lo contrario no es.
-Proyección. A causa de ésta percibimos en los otros actitudes que nos resultan tremendamente inaceptables conforme a nuestro sistema de valores y que, realmente, no están en ellos, sino que son el resultado de la proyección inconsciente de nuestras propias pulsiones que, de nuevo, inconscientemente, han sido evitadas por resultarnos amenazantes. Así, en primer lugar, ponemos nuestro deseo en el otro y, en segundo lugar, guardamos distancia sobre él.
-Racionalización. A través de ésta justificamos o excusamos comportamientos propios que, realmente, nos parecen inapropiados y que criticaríamos en los demás.
-Compensación. Se da en personas que tienen, o creen tener, una deficiencia o debilidad y tratan de compensarla sobresaliendo en otros aspectos.
-Sublimación. Mediante ella se redirigen las pulsiones inaceptables, especialmente de carácter sexual y violento, hacia actividades constructivas y aceptables para la sociedad que nos es propia.

Estos mecanismos de defensa irían, de alguna manera, relegando al ámbito del inconsciente, tanto los deseos a modo de pulsiones que han sido reprimidos, como las experiencias altamente frustrantes derivadas de la no obtención de los propios objetos de deseo. Circunstancia que, de forma inconsciente, se dará a lo largo de la vida del individuo; iniciándose en la infancia y continuando en la madurez. Lo cual fragmenta la identidad ya desde el momento en que comienza a formarse, creando puntos ciegos en la personalidad. Y es así como el Hombre, a lo largo de su desarrollo, nunca acaba de percibirse plenamente a sí mismo y a la realidad de su entorno, sino que, desde el momento en que empieza a ser consciente, percibe una imagen distorsionada de ambos que, inconscientemente, se ha ido haciendo mediante la imposición de los dictámenes de la Cultura. En los casos más extremos de autoaplicación inconsciente de los mencionados mecanismos de evitación, en el sujeto aparecerá la neurosis u otros.
La finalidad del psicoanálisis, por tanto, es la de que el sujeto, de forma activa y con la guía del terapeuta, mediante el diálogo, técnicas de asociación de ideas, interpretación de imágenes, etc, vaya desenterrando todo este material inconsciente que ha ido acumulando a lo largo de años de ejecución de actos psíquicos evitativos hasta hacerlo consciente para, posteriormente, aceptarlo y, con ello, reconducirlo y reintegrarlo en su vida de manera ordenada. Conformando, así, un “yo” sano.

Hasta aquí el Buda estaría de acuerdo cuando formuló su teoría en torno a los conceptos de maya (ilusión o engaño), dukka (sufrimiento) y samsara (o el mundo vivenciado a través del autoengaño y del sufrimiento). Pues en un intento de fusionar ambas doctrinas, hasta donde se pueda, podríamos decir que es mediante estos mecanismos de defensa o de evitación que observó Freud, que el individuo se autoengaña generando un mundo personal ilusorio (maya). La disociación interna e inconsciente entre la realidad tal cual es y la realidad que nos hemos construido mediante los mecanismos de defensa, genera esa ansiedad existencial vital (dukka) presente, en mayor o menor grado, en todos los hombres y mujeres que conformamos la civilización. Numerosa y exitosa literatura, en forma de genero de autoayuda, se ha escrito para paliar esta tensión interior que, unas veces más otras menos, nos termina afectando a todos. Finalmente, toda esta amalgama de autoengaño (maya) y ansiedad existencial (dukka) derivada de éste, conformará nuestro mundo subjetivo dominado por el imperio del discurso interior descontrolado y sus emociones desmedidas (samsara).

Sin embargo, el Buda, por medio de una intuición sin precedentes, fue un paso más allá cuando se percató de que la primera y más sutil de las ilusiones o engaños (maya) que el sujeto genera para sí, es la idea de “yo”. Así, el Buda formuló que el “yo” no es una entidad real, sino una construcción, se podría incluso decir, de carácter onírico. Pero para desmontar el engaño situado en lo más profundo del inconsciente, el más sutil y arraigado de ellos, el de la idea de que dentro de mí hay “alguien”, primero se hace necesario desenterrar y desmontar los autoengaños que vinieron después y que le cayeron encima, enterrándolo aún más profundo. Para sacar a la luz de la consciencia estos autoengaños y para desmontar los mismos mecanismos de defensa que los generaron, Freud creó la técnica del psicoanálisis que posibilitaba la reorganización del “yo” en una unidad integrada y más consciente. Cuando esto se consigue, el psicoanálisis del sujeto finaliza. Con el mismo fin, el Buda creó la meditación vipassana, que viene a significar ver las cosas tal como son. La meditación vipassana consiste, expresado de forma muy resumida, en inmovilizar el cuerpo en la posición sedente para, de esta manera, inducir la inmovilización de la actividad mental y, así, crear las condiciones necesarias para que el subconsciente vaya progresivamente aflorando hasta hacerlo consciente mediante un proceso continuo de, podría decirse, darse cuenta; siempre bajo la supervisión del maestro. Con la salvedad de que, y aquí es donde reside la originalidad del Buda, éste no se conformó con reordenar al “yo” en una entidad saludable, sino que mediante esta técnica meditativa fue incluso más allá hasta deshacerlo como se deshacen todas aquellas ideas preconcebidas del sujeto que han conformado su personalidad a lo largo de los años. Así, del mismo modo que por medio del psicoanálisis desmontamos todas aquellas ideas perniciosas que nos hemos creado acerca de nosotros mismos y de los demás, por medio de la meditación budista, cuyas instrucciones habrán de ser dadas por un maestro legitimado, desmontaremos todas aquellas ideas acerca de mí, acerca de los demás, acerca del mundo, y ya en este caso tanto perniciosas como saludables para, finalmente, desmontarme a mí mismo y, de esta manera, como dicen los maestros zen, morir en el cojín para renacer al mundo tal y como es; sin un “yo” interior y constante que lo distorsione.

Podemos, también, mostrar, por último, lo que hay de común entre el psicoanálisis y la meditación budista, así como las limitaciones de la práctica psicoanalítica con respecto al budismo, mediante la cita de Dogen, maestro zen del S XIII, que dice: “Estudiar el budismo es estudiarse a sí mismo. Estudiarse a sí mismo es olvidarse de si mismo. Olvidarse de sí mismo es reconocerse en las cien mil cosas”
Así, como dijera Dogen en la primera sentencia, el sujeto, por medio de la meditación, se estudia a sí mismo desmontando, de esta manera, los autoengaños que ha ido generando a lo largo de su vida; el psicoanálisis hará lo mismo por sus propios medios. Pero el psicoanálisis y, en general, cualquier corriente psicológica, termina aquí y la meditación budista continúa a lo largo de la segunda y tercera sentencias. Continúa en la segunda sentencia, haciendo al sujeto olvidarse de sí mismo o desmontando al “yo” que hay dentro de él. Hasta culminar en la tercera sentencia, en la que se expresa lo que en el budismo se conoce como shamadi o Despertar; ese punto de fuga interior hacia lo inefable en donde el individuo experimenta la Autorealización. Una Realización suprema que es el punto omega de toda psicología occidental, que señala la dirección a seguir pero siempre inalcanzable por su propios medios; pues allí donde entra en escena un “yo” que nos escinde del mundo, dicha Realización nunca es posible.

27 nov 2015

Shikantaza, el descondicionamiento del pensamiento compulsivo

La meditación shikantaza (simplemente sentarse) propia del soto zen consiste, básicamente, en observar desapegadamente los pensamientos y las emociones en las que éstos derivan. Inicialmente, se llevará a cabo una introducción consistente en contar las respiraciones para aumentar la concentración por medio de la atención en el conteo. Superado este período introductorio se pasa a la observación desapegada de los pensamientos y las emociones en sí. Esta “observación desapegada” se va afianzando progresivamente conforme la “atención” se va sosteniendo a lo largo del tiempo de meditación y en la rutina de las meditaciones a lo largo de los días. Posteriormente, esta atención, como eje central de la meditación, habrá de ir extendiéndose a la cotidianidad de la vida personal. Hasta que, finalmente, la “observación desapegada” se termina asentando, una vez que el “músculo de la atención” se haya hecho lo suficientemente fuerte como para sostener a ésta en el tiempo. La realización satisfactoria de esta observación desapegada, por último, se traduce en una reducción considerable de la actividad mental y sus derivados emocionales. De manera que, la consecuencia última es que, básicamente, se piensa lo que tiene que ser pensado cuando ha de ser pensado (hishiryo); con todas las resultas psicoemocionales saludables que ello implica.

Pues bien, esta observación desapegada de los contenidos mentales y sus derivados que se persigue consolidar en uno mismo, usando como herramienta de trabajo la propia atención, es, en esencia, un procedimiento de interno descondicionamiento conductual. Mediante el que se pretende descondicionarnos de generar pensamientos incesantes y descontrolados, que derivan en juicios desmedidos y emociones exacerbadas; con todo lo psicológicamente beneficioso que ello conlleva.

Del mismo modo que el conductismo elabora, por ejemplo, técnicas de descondicionamiento o deshabituación de las fobias, podría, igualmente, elaborar técnicas de descondicionamiento o deshabituación del pensamiento compulsivo. El Buda ya desarrolló hace más de 2600 años una de estas técnicas, la cual continúa vigente hoy en día: la meditación vipassana que derivó en el shikantaza -en el zen-

En realidad, descondicionando a los mismos procesos del pensamiento elucubrador y compulsivo, el Buda manipuló la raíz misma de la conducta observable, pues actuamos en función de cómo pensamos. Así, modificando el modo en que se piensa, el Buda modificó la conducta del pensador.

16 nov 2015

El lobo estepario

Hilos de plata recorren no sólo su cabeza, también su pecho. Están hechos con el paso del tiempo para brillar a la luz del sol y declarar que ahora es más bello. Al lobo estepario, amante del frío en el aire, le gusta rondar libre por los páramos de asfalto. Mirar las cosas bellas. Tratar con almas buenas. Dejar sus huellas. Correr, cada vez más rápido, y aullar, cada vez más alto. Correr y aullar; cada vez más rápido, cada vez más alto... más y más rápido y más y más alto! Hasta alcanzar su propio centro. Su centro de gravedad. Su real y absoluto centro hecho de gravedad. De gravedad que atrae, que unifica. La gravedad de lo hermoso, de lo verdadero y lo bueno. La gravedad del Amor. A través de la cual, como en un agujero negro, la luz de su conciencia se absorberá hasta reconocerse a sí mismo en el Universo entero; en el Infinito cero.

9 nov 2015

Zen y conductismo: dimensiones interior y exterior del hombre natural

El ser humano natural u hombre-tao (en el Taoísmo), es el ser humano cuya experiencia de vida no es velada por la elucubración mental y el intelecto. Como todo ser humano, y todo ser vivo, éste consta de dos dimensiones fundamentales: una interna o vital, vivenciada por uno mismo, y otra externa o conductual, observable por los demás.

El zen, mediante la metodología que le es propia, se ocupa del conocimiento experiencial de esa vitalidad interior que no es tocada por el pensamiento, que no es velada por el intelecto; lo hace desde uno mismo y en uno mismo.
El conductismo, por su parte, se ocupa del conocimiento intelectual de la dinámica de la conducta exterior -o manifiesta- que no es dirigida por el pensamiento; lo hace mediante la observación que uno mismo lleva a cabo en el otro.

Sin embargo, esa conducta automatizada, ejecutada sin que el intelecto intervenga, aprendida inconscientemente por medio de la reiterada experiencia, que se acomoda continuamente a las características del entorno, y que los conductistas observan siempre fuera de sí mismos -en el otro- para explicarla, predecirla y, más tarde, incluso, manipularla, ésa es la conducta inherente al hombre natural u hombre-tao; pero el conductismo aún no lo sabe.

Esa conducta espontánea, no-pensada, aprendida sin intención de ser aprendida, que estudia el conductismo es la que, esencialmente, guía al hombre natural, al hombre-tao; ese hombre simple como un animal y, sin embargo, majestuoso.

31 may 2015

Zen no es la unión de la "z", la "e" y la "n"

Uno de los riesgos que presenta la lectura solitaria de los textos clásicos del budismo, sin la guía de alguien ya formado en esta doctrina, es la de darles un significado erróneo, en muchos casos, debido a la interpretación en sentido literal que de algunos de sus enunciados se hace; no sabiendo ir, por tanto, más allá de las palabras que en estos textos se expresan. Así, por ejemplo, cuando muchos practicantes autodidactas leen en el Fukan Zazengi, de Dogen, que hacer zazen es Realización (como sinónimo de Despertar) se quedan ahí, como absortos en su zazen, asumiendo esta idea mediante un mero acto de fe; convenciéndose de que ya no hay nada más que hacer, pues creen entender en las palabras de Dogen que al sentarse en zazen ya están Realizados. No penetrando, de esta manera, en su meditación, yendo más allá de las palabras; y no comprendiendo, por ello, que Dogen escribió esto desde su propio estado Realizado -o Despierto-. No comprendiendo, por tanto, que es cuando la Realización se manifiesta en uno mismo, cuando zazen no es distinto de dicha Realización, y no antes.

En este hecho, el de ir más allá de las palabras, se pone especial hincapié en el budismo zen. Por ello, en esta doctrina, se dice que "muchos se quedan absortos mirando al dedo, cuando el maestro les señala a la luna"; en referencia al ejemplo expuesto anteriormente, entre otros. Y por ello, también, se dice que los teishos, o charlas del maestro a los aprendices, han de ser, siempre, "de corazón a corazón". Expresión que se refiere a que, por medio de la escucha atenta y vacía, el aprendiz ha de penetrar las palabras del maestro yendo más allá de ellas, hacia el modo en que éstas resuenan en su interior despertando su intuición; hecho que habrá de verse reforzado mediante sus avances en la práctica de zazen.

La gran paradoja del zen, y la del budismo en general, cuyo núcleo experiencial es la realización de la Vacuidad -como expresión del Satori o el Despertar-, es la dificultad con la que éste se encuentra al tratar de comunicar dicha Vacuidad con el mismo lenguaje que, precisamente, la impide. Pues, el propio lenguaje consiste en comunicar “ideas”; dándose, por tanto, la contradicción de que describir o enunciar la Vacuidad, implica que ésta deje de ser la Vacuidad misma para convertirse en "la idea" de la Vacuidad; para convertirse, por tanto, en "algo". Así, finalmente, los que han realizado la Vacuidad dentro de sí, se dan cuenta de que ésta no puede ser "comunicada" de una mente a otra mente; como se comunica, por ejemplo, la noción matemática de lo que es una derivada. Si no que, dicha Vacuidad, tan sólo puede ser "inducida" en el otro; y sólo puede llevar a cabo esta "inducción" aquél que ya se ha sumido en ella, porque es el que la conoce directamente. Así, el maestro, no comunica la Vacuidad al discípulo, sino que trata de inducirla en él. Especial énfasis en este aspecto de la inducción de la Vacuidad, por parte del maestro hacia el discípulo, se da en el Zen Rinzai japonés y en el Dzogchen tibetano. Las herramientas que, para ello, utilizan las diferentes escuelas del budismo son dispares.

Por último, en línea con todo lo anterior, la misma noción budista de "maya", consistente, en uno de los aspectos más avanzados de la práctica, en la comprensión de que las mismas palabras que nos representan el Mundo son el primer obstáculo que se nos aparece al tratar de aprehenderlo directamente, no es exclusiva del budismo; ni de oriente, en general. Ya, en occidente, Korzybski decía, en relación a la semántica, que "el mapa no es el territorio que representa". Su contemporáneo, el filósofo Wittgenstein, dijo: "los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo". Antes que ellos, Kant, hablaba del nóumeno o "la cosa en sí", para referirse a aquello hacia lo que apuntan las palabras, pero que no puede ser "atrapado" por éstas. Y antes que él, Aristóteles dijo que "la palabra ´perro´ no ladra". Y, aún antes que Aristóteles, los babilonios dijeron que "aquello que no puede ser nombrado, no puede ser pensado", haciéndonos ver que los objetos se nos aparecen como tales porque, previamente, son pensados/designados. Y el Buda, que también comprendió esto, cuando en uno de sus discursos quiso enseñar la verdad primera a sus discípulos, simplemente, mostró una flor. Maha-kashapa, súbitamente, comprendió y la recibió con una sonrisa. Como nosotros, los practicantes de zazen, cuando súbitamente comprendamos, habremos de soltar una carcajada al darnos cuenta de que zen no es la unión de la "z", la "e" y la "n". ¿Obvio, no?

23 may 2015

¿Zen para todos?

   Dice el maestro, Pedro Vidal: "el zen está hecho para todos, pero no todos están hechos para el zen".

   Esta práctica, la práctica del zen, en un primer momento, va dirigida hacia aquietar la mente. Para, finalmente, ver las cosas con "claridad". ¿Qué es ver las cosas con "claridad"?... Hay que tener la "experiencia". Pero podría decirse que tiene que ver con no teñir el mundo de "subjetividad" personal, a través de "lo que se piensa y se siente". Y hacerlo, además, de forma espontánea, sin esfuerzo. Para ello, practicamos zazen. Se trata, por tanto, de ver las cosas, las de dentro y las de fuera, "tal como son". Y "tal como son", básicamente, es lo que queda cuando, naturalmente y sin coerción alguna, no se emite "juicio” o "visión particular" sobre ellas.

   Pero hay gente que no tiene ningún problema con sus "pensamientos" y sus "juicios". Les gusta "pensar", "juzgar", y se sienten, se podría decir, cómodos en dicha actividad. Presentan un ego más o menos estable en el que se encuentran más o menos a gusto. Ellos no están hechos para el zen. No tiene sentido tratar de cambiar lo que se considera que no ha de ser cambiado.
Están, también, los que sueñan, fantasean, con alcanzar la "iluminación". Secretamente, se imaginan a sí mismos en un estadio sobrenatural, como líderes espirituales que habrán de guiar a las personas. Una especie de "ego espiritual" les guía. Y a este fin, al que consideran haber sido llamados, dedican toneladas de meditación y prácticas derivadas. Éstos tampoco están hechos para el zen.
Sin embargo, hay personas que no tienen interés en ser sobrenaturales, ni guías de nada ni de nadie; pero que empiezan a sentirse cansadas de estar todo el día “pensando", en una especie de estar de continuo "trajinando por dentro"; cavilando, abismados, ensimismados, rumiando mentalmente... run, run... run, run... con toda la gama de exaltadas emociones que ello conlleva. Circunstancia que, finalmente, les resulta agotadora. La cabeza pareciera que se sobrecalentara, el cuerpo se tensa; como si se viviera dentro de una hoya exprés. Percatándose, finalmente, de como, debido a lo que se piensa, uno oscila dentro de una especie de círculo vicioso. Deambulando entre la alegría y la angustia, y sus derivados. Haciéndolo ininterrumpidamente, en una espiral desvitalizante sin fin (los budistas usarían el símil de una rueda girando sobre su eje; la "rueda del samsara"). Y ya confundidos y cansados, no encuentran su lugar en el mundo. A partir de este momento, la crisis existencial cobra vida haciendo del Hombre su morada. Y algunas personas, de alguna manera, empiezan a sentir, intuitivamente, la necesidad de "dejar de pensar"; al menos, aunque sólo sea por un momento. Para así, descansar, aunque sea momentáneamente, de sus agotadoras vidas construidas a base de pensamientos desmedidos y emociones desbordadas. Ellos están hechos para el zen. Suyo es por derecho propio.... Y es que, dice un proverbio zen, "a gran confusión gran iluminación". Así, dijo Jesucristo, "los últimos serán los primeros". Vislumbrando que no hay iluminación real sin previa "noche oscura" (parafraseando a San Juan de la Cruz).

25 mar 2015

Saber más allá del entendimiento

   Cuando a través de la práctica continuada se revela el “continuo de conciencia que se es” desde siempre, éste se experimenta como presencia, apertura, claridad, vacuidad y serenidad despierta. Esta “conciencia ininterrumpida” conoce directamente; y sabe que conoce directamente porque no elabora, ni necesita elaborar, “discriminación mental” alguna, por sutil que sea, para aprehender el Mundo mientras lo percibe. Sabiendo, además, que antes de ello conocía la Realidad a través de un “yo” psicológico-histórico que la “interpretaba”; comprendiendo que este “yo” jamás tuvo acceso a la Realidad misma, sino a la explicación que de ésta daba. Una explicación/interpretación que, sin embargo, no es desechada, sino asentada sobre su propia base.

   ¿Cuál es su propia base? Déjese de elucubraciones para intentar comprenderla, pues allí donde hay reflexión ella no está. Tan sólo siga las instrucciones, practique y reconózcala usted mismo… Ahí donde el Hombre deja paso al Buda y el Universo se despierta está.

19 mar 2015

Interdependencia y vacuidad de la realidad fenoménica

    Ningún fenómeno que conceptualicemos en nuestra mente, ya sea externo o interno, es en y por sí mismo. Cada fenómeno que podamos definir, conceptualizar, delimitar mentalmente, en realidad es una interrelación de causas. Es decir, es derivado de una combinación, más o menos compleja, de múltiples causas y condicionado por éstas; y él mismo entra a formar parte de las múltiples causas de otros fenómenos. Es por esto, que los fenómenos carecen de consistencia propia, de autogénesis, de dependencia de sí mismos. Es por esto, que en el Budismo se dice que, en esencia, los fenómenos son vacíos. Porque la definición/delimitación y aparente autoconsistencia que se nos aparece de ellos en la mente cuando los pensamos, es sólo una construcción cognitiva que elabora nuestro cerebro y que no está realmente ahí.

5 mar 2015

Vacío

   El Vacío, al ser tal, carece de propiedades, de dimensiones.
Y es esta ausencia de propiedad, lo que le convierte en “incalificable”; y esta ausencia de dimensión, lo que le hace “incuantificable”.
El Innombrable; que al no tener ninguna propiedad, no se le puede aplicar ninguna categoría que pueda ser designada.
El Infinito y Eterno; que al no tener dimensiones, no puede ser medido.
Un Infinito, que no es la sucesión de un espacio sin fin, sino la ausencia del espacio mismo; la ausencia de la dimensión espacial. Una Eternidad, que no es la sucesión de un tiempo que no acaba, sino la misma ausencia de tiempo; la ausencia de la dimensión temporal.

   Vacío es lo que se revelará cuando esta mente se apague y este cuerpo se pudra… Vacío que es la potencialidad de todas las cosas; que es, por ello, el Todo sin partes; que es el Creador, de donde todo emana; que es Eseidad Pura; Conciencia Pura o Conciencia Búdica, Infinita y Eterna; mi verdadero Yo… Porque podemos “ser” ego o podemos, simplemente, “ser”, podemos “ser” parte o podemos “ser” todo, pero nunca podemos dejar de Ser. Ésta es la gran revelación de la experiencia Satori: que el no-Ser no existe, sólo el Ser existe. Y nunca dejó de hacerlo y nunca lo hará.

4 mar 2015

Vacío es forma, forma es Vacío (Sutra del Corazón)

El Vacío es nada en concreto y todo en potencia. Es la matriz preñada de todas las posibilidades. Es la potencialidad de todas las cosas; la preñez de la que todo emana. 
Cuando el Vacío se derrama en la forma, la preñez se torna en parto y todas las potencialidades se actualizan en una determinada combinación de cosas. El Vacío es, así, el Creador de donde surgen los eventos espacio-temporales y a donde vuelven una vez se extinguen. 
En el proceso de manifestación de los fenómenos emergiendo del Vacío no es posible cualquier combinación y tipo de eventos espacio-temporales, sino sólo aquellas combinaciones y tipos en que la totalidad de las interacciones entre estos eventos se anulan entre sí. De esta manera, el Sistema, antes de formarse el Universo y después de formarse éste, sería siempre igual a cero. Por tanto, el Cosmos, en su conjunto, también es Vacío; su energía total habría de ser igual a cero. De esta manera, Vacío es forma, forma es Vacío, como reza el sutra budista del Corazón.
Esta especie de regla fundamental, en donde no todas las combinaciones y formas de eventos espacio-temporales son posibles, sino sólo aquéllas que posibilitan un estado total del Sistemas/Universo igual a cero, que posibilita un Cosmos surgiendo espontáneamente de la Nada, habría de ser lo que nuestra mente racional interpreta como las leyes de la física y la química, que nos describen por qué el Universo es como es y fluctúa cómo fluctúa. 



Forma es Vacío; Vacío es forma: 

"0" (Vacío) es igual a "…-3-2-1+1+2+3+…" (forma). 


(0 = infinito-…-3-2-1+1+2+3+…+infinito = 0)

2 mar 2015

A tu paso por la vida prendiste una llama de amor que nunca se apagará

    Hay personas que al paso por la vida llenan su espacio de acciones desinteresadas repletas de entrega. Cuando nos abandonan, la inercia de sus actos generan una suerte de ola de amor que se hace tanto más intensa cuanto más repentina es su partida. Entonces, otros que son bañados por este impulso amoroso toman el testigo. Con la persona querida ya sólo en la memoria, impregnados del amor que sus obras irradiaron, continúan la labor. Así, la corriente de amor continúa. Pasando de una persona a otra o de una persona a otras, el flujo amoroso se dirije hacia el momento en que haya tantas corrientes de amor en el mundo que, enlazándose unas a otras, hagan de éste un espacio en el que el amor pese mucho más que el miedo y la Luz, finalmente, inunde la oscuridad.

   Madre, tú has formado parte de este proyecto y a tu paso por la vida has prendido una llama de amor que ya nunca se apagará.

17 feb 2015

Mente y tiempo

   Es la capacidad de interpretar el mundo -que genera el conocer-, la que diferencia al Hombre del animal.
Así, en tanto que el Hombre es consciente de sí, lo es, también, de su entorno; esto es porque en el momento en que el Hombre es capaz de pensar acerca de sí mismo, lo es, también, de pensar acerca de lo que ve a su alrededor. Hechos que, intuyo, habrían de darse simultáneamente. De este modo, en el momento en que el Hombre piensa, comienza a interpretar a sí mismo y a lo que le rodea.

   Interpreta, primeramente, de una forma rudimentaria. Lo hace a partir de la asimilación -en la memoria- de gran cantidad de información sensorial que nace de la sucesión de experiencias propias, en relación al medio, que se van acumulando y reiterando; y que, posteriormente, recuerda y relaciona. Generando, mediante esta capacidad de recuerdo y relación, la somera interpretación del mundo y la sensación de yo -como el centro desde donde se vivencian todas, y cada una, de esas experiencias-, y, junto con esto, la sensación de tiempo que transcurre -como el recuerdo de experiencias en el medio, alineadas una detrás de otra-.
Desde este punto de vista, espacio, tiempo y yo van indisolublemente unidos.

   Si hablamos de tiempo, hablamos, en primer lugar, de un tiempo pasado que es creado, conjuntamente, con la sensación de yo y de mi entorno; y que tiene su base en la remembranza de la información sensorial experimentada. En este punto, con toda la gran cantidad de información acumulada a lo largo de la experiencia continuada, el individuo empezaría a imaginar eventos -todavía exclusivamente ligados a la experiencia sensorial- que no están, realmente, sucediendo y no han sucedido nunca; sino que son copias, ligeramente modificadas, de otros que sí sucedieron. Pudiendo ser de esta manera como surgió, en el individuo, la capacidad imaginativa; y por derivación de ésta, el tiempo futuro o, para ser más exactos, la generación de la idea de tiempo futuro.

   Así, el tiempo futuro no es tiempo real, sino la capacidad de imaginar el posible presente; del mismo modo que el tiempo pasado no es tiempo real, sino la capacidad de recordar el vivido presente.
En un sentido estricto, por tanto, el tiempo pasado y futuro sólo suceden en nuestra mente. Y esto no es una mera elucubración mental de corte filosófico, sino una experiencia viva que se reconoce cuando shamadi se realiza en uno mismo. Es la mente, por tanto, la que “crea” tiempo que va del pasado al futuro; e, instalados en la mente, nos olvidándonos, así, de vivir el presente, que es lo único real.

2 feb 2015

Budismo o la ciencia de la contemplación (en Red Científica)

Publicación del artículo "Budismo o la ciencia de la contemplación", en la revista digital Red Científica.


Éste es una revisión y ampliación de la entrada "Budismo practicado, budismo reflexionado, budismo experienciado".

19 oct 2014

Budismo practicado, budismo reflexionado, budismo experiencial o la ciencia de la contemplación

     Navegando por este inmenso océano de información indiscriminada que es Internet, a veces uno tiene el placer de encontrar espacios virtuales en donde el Dharma genuino se manifiesta en todo su esplendor. Uno de estos espacios es, Directo al Dharma. En él, Jué-shan, su autor, un honesto practicante budista al que no conozco nada más que por sus escritos repletos de humildad e integridad, nos ofrece sus relatos girando en torno a su propia práctica y experiencia en relación con esta milenaria doctrina. En su entrada, Un Voto Sonriente, Jué-shan nos dice lo siguiente: “En realidad, el término “budismo” equivale a “despertismo”, no a la adoración del personaje histórico llamado Buda”.

      Al leer esto, inmediatamente, me percaté de que si entendemos como eje central del budismo, la práctica de la meditación mediante las metodologías específicas, esta frase es una forma de expresar con meridiana claridad la diferencia entre el budismo y el cristianismo e islamismo. Si bien, esto me lleva a reflexionar, además, que “budismo”, tal y como lo enseñó el Buda y, posteriormente, el resto de los que despertaron a lo largo de la Historia, no sólo no equivale a adorar al Buda histórico, sino que tampoco se refiere a filosofar, previa lectura y análisis de los textos budistas, interpretando al mundo y al Hombre en función de las premisas que en estos textos se observan.
 
      De lo anterior, se puede inferir que existen tres modos en que los diferentes practicantes se acercan al budismo (y yo diría que a cualquier práctica espiritual, en general):

Cuando se practican ritos ante la figura del Buda, mediante ceremonias, postraciones y ofrendas, y se asumen los preceptos y principios del budismo, sin más, a modo de dogmas incuestionables, nos encontramos, entonces, ante el budismo como una “religión ortodoxa” más.

Aquellos practicantes, más curtidos intelectualmente, que se aproximan al budismo a través de la lectura y reflexión de los textos budistas, vivencian éste, tal vez sin tan siquiera ellos darse cuenta, como “filosofía de vida”. Así, unos pensadores son idealistas, otros positivistas,... otros, para el caso que nos ocupa, son zenistas, se podría decir, o mahayanistas... o budistas, en general.

Por último, están los que se entregan de forma precisa y honesta a la metodología budista de la meditación para re-conocer la experiencia del Despertar. Es a esta tercera vía a la que Jué-shan viene a referirse como “budismo genuino”; si bien, no lo expresa con estas palabras que son propias. En torno a este modo de acercarse al budismo hay toda una ciencia budista de la contemplación. Y me atrevo a llamar a esta metodología meditativa “ciencia” porque, como expresara Ken Wilber en su libro Ciencia y Religión, dicha metodología, al igual que la ciencia, se vale del método epistemológico para hallar enunciados verdaderos.
Trataré de explicar, a continuación, como funciona, a rasgos generales, dicho método epistemológico, que se refiere a los fundamentos y métodos del conocimiento; y de hacer ver cómo se valen de éste, tanto las ciencias empíricas convencionales como la metodología de la meditación budista para, ambas, encontrar las verdades que les son propias.

      Así, cabe decir que dicho método de búsqueda de verdades concretas, consta de tres puntos fundamentales que toda ciencia que se defina como tal, ha de cumplir en sus investigaciones:

El primer punto a elaborar en toda búsqueda de la verdad, sería el de la recogida de datos mediante la ejecución del método prescrito por la comunidad científica o la shanga -en nuestro caso particular- En este sentido, la Física, por ejemplo, tiene su propio método, la Biología el suyo, la Sociología el suyo, la Metodología de la Meditación Budista el suyo -referido, éste, a la infinidad de técnicas meditativas, según las diferentes escuelas- Si bien, hemos de hacer notar que la naturaleza de la información o datos obtenidos por cada disciplina será bien distinta, pues la Física observa la materia, la Biología observa la vida, la Sociología observa las relaciones sociales entre individuos y la Metodología de la Meditación Budista observa a la propia mente del observador -hasta desembocar en el sí mismo interior, en el cual el observador y lo observado se tornan en uno solo-
Por tanto, hasta aquí tenemos que tanto el que va a estudiar choques de objetos en una pista habilitada a tal efecto, como el que hace un cultivo de células en el laboratorio, como el que elabora una encuesta de intención de voto en las próximas elecciones, como aquél al que se le encomienda un koan durante su zazen, ejecutará el método prescrito por su comunidad científica específica, o por su shanga, para la recogida de datos.

El segundo punto a desarrollar en todo método científico, conforme al desarrollo epistemológico, es el procesamiento de los datos obtenidos; ya sea en la pista de pruebas, en el laboratorio, en el trabajo de campo llevado a cabo en la sociedad objeto de estudio o en nuestro propio interior mientras permanecemos inmóviles en el zafú. Tras dicho procesamiento, estaríamos ya en condiciones de elaborar teorías o interpretaciones que aporten coherencia a esos datos.
  
Y sería en la tercera fase del método epistemológico, en donde se trabajaría la falsabilidad de la teoría o interpretación elaborada por el físico, biólogo, sociólogo o budista; de forma que si no conseguimos refutarla mediante la recogida de nuevos datos, o de anteriores, que contradigan a éstos, la mencionada teoría o interpretación, por reconocerse en cualquier espacio y tiempo, desembocará en una ley científica o, para nuestro caso particular, en un principio budista.
Así, una ley, por ejemplo, de la Física, sería que el espacio recorrido por un objeto en relación al tiempo que tarda en recorrerlo nos determina la velocidad de éste, y un principio de la Metodología de la Meditación Budista podría ser el de la constatación de la experiencia subjetiva de la Vacuidad.
Las leyes científicas, y los principios budistas, serán ratificados, una y otra vez, mientras se hagan debidamente los experimentos. Por tanto, una vez demostrada la irrefutabilidad de la teoría o interpretación, desembocando ésta en una ley o principio, cualquiera que se esté formando en una de estas doctrinas, al realizar debidamente el experimento, en la forma prescrita por su comunidad científica o shanga, habrá de concluir siempre que V es s/t, para el experimento físico, y que la experiencia de la vacuidad es constatable dentro de uno mismo, para el experimento de la metodología meditativa budista.
Los principios budistas, confirmados una y otra vez por los miembros de la shanga, son los que dieron lugar a los Sutras y a posteriores textos budistas aprobados por la shanga.

      De este modo, desde esta nueva óptica, y observando que la Metodología de la Meditación Budista cumple con los tres aspectos fundamentales del método epistemológico presente en toda ciencia, creo que ya estamos en condiciones de referirnos a dicha metodología, como una ciencia de la conciencia o de la contemplación.

      Para concluir, una vez hemos conocido como se ha elaborado nuestra ciencia de la contemplación, o cualquier otra ciencia, a través del procedimiento epistemológico, conviene, ahora, presentar mediante un ejemplo, y de manera más concreta, el discurrir de dicho procedimiento en nuestro campo de investigación. Usaremos, para ello, el método de la escuela zen rinzai.
Precisar que en esta escuela budista, el discípulo tiene como misión verificar por él mismo los principios del budismo que otros maestros de la shanga, antes que él, ratificaron como objetos de conocimiento de esta ciencia que les es propia; la ciencia de la contemplación. Usaron, para ello, como hemos mostrado, el procedimiento epistemológico o método del conocimiento. El practicante, guiado por el mismo procedimiento, y usando como herramienta de trabajo el koan, habrá de llegar él mismo, si elabora el experimento debidamente, a la misma experiencia a la que han llegado los maestros de la shanga. Así, el discípulo procederá de la siguiente manera:

Recogida de datos
El maestro entregará al practicante un koan que éste tendrá que trabajar durante su zazen, y durante toda su seshin, en la forma en que el maestro le indique. Durante todo este proceso, el practicante irá, por decirlo de alguna manera, recopilando datos, a modo de impresiones, que el koan va dejando caer en su conciencia.

Procesamiento de los datos obtenidos
Es importante hacer notar que, para nuestra ciencia particular, en esta fase del procedimiento, el practicante no elaborará una teoría con la impresión -a modo de datos- que el koan le ha provocado en su interior para, más tarde, comunicarla detalladamente al maestro, con el fin de que éste la confirme o no. Sino que, más bien, dicha impresión generada en él, provocada por el koan como objeto de estudio, habrá de verterse en una respuesta o acción sutil que presentará, posteriormente, ante el maestro.
Hacer saber, además, que el estudio del koan es, en esencia, el estudio que lleva a cabo el observador de su propia mente y de su propio ser, observados, indirectamente, a través del koan.

Sometimiento a la prueba de falsabilidad -mediante la presentación ante el maestro de la respuesta al koan-
Ya en esta última fase del método, hemos, en primer lugar, de aclarar que la respuesta válida al koan no es algo concreto y siempre fijo, sino que, más bien, esta respuesta puede variar ligeramente en cada discípulo, si bien en todos ellos habrá de venir del fondo de sí mismo. Un sí mismo, por otro lado, que es uno de los objetos de conocimiento desentrañados del Kosmos, a través de las diferentes escuelas de la ciencia contemplativa. El maestro, por hallarse ya instalado en su propio sí mismo, y por haber dado él ya respuesta a ese koan en su período de formación ante el que fuera su maestro, está capacitado para reconocer cuando la solución dada al koan por el discípulo brota de su propio sí mismo y cuando lo hace de su mente ordinaria. De manera que si la contestación facilitada por éste no es de la misma naturaleza que la que en su tiempo dieron los maestros de la shanga, es decir, la respuesta no es un reflejo de que el discípulo se haya instalado en su sí mismo, se entenderá, entonces, que el practicante no ha tenido acceso a dicha dimensión de su ser, y dicha respuesta se tendrá, finalmente, por invalidada.
El experimento no se habrá realizado debidamente, no superando la prueba de falsabilidad, por lo que el practicante no habrá constatado por el mismo alguna de las verdades subyacentes en la doctrina budista a las que habría de arrojarle el koan. Éste, por tanto, deberá comenzar de nuevo el experimento, conforme a nuestro método epistemológico particular.

      De esta manera, hemos podido comprobar que el budismo genuino está más allá de la religión, más allá de la filosofía. El budismo originario es toda una ciencia experiencial. Un camino de madurez humana que nos ha de llevar al Hombre que está por venir. Los Despiertos del pasado, son los hombres y mujeres del futuro.

14 oct 2014

Zazen no es quietismo y vacío budista no es nihilismo

Zazen no es quietismo, en el sentido de quedarse inmóvil y nada más, calentando el cojín como si estuviéramos empollando un huevo. Además de la mera inmovilidad en la posición sedente, zazen requiere de la actitud interior adecuada, referida, grosso modo, al cultivo de la atención interior sostenida y sin esfuerzo, mediante la metodología específica. Así, en zazen trabajamos la quietud en la postura sedente junto con la atenta observación dirigida hacia el interior. De este modo, cuando tras la práctica continuada la posición se torna correcta y no forzada y la atención interior se sostiene de manera constante y sin esfuerzo, ambas se convierten en una sola y se crean, por ello, las condiciones necesarias para que la energía vital del cuerpo/mente fluya sin obstrucciones, con naturalidad. Y es entonces, cuando este flujo natural de la energía a lo largo del cuerpo/mente se da, que se tiene la experiencia subjetiva del Vacío búdico. Un Vacío que no es nihilismo existencialista que crea angustia, sino que es clara Luz y Gozo sin causa que derivan en plenitud existencial. Este Gozo y Lucidez interiores se experimentan como vacíos por no estar enfocados en objeto mental o físico alguno. Esta Claridad y esta Dicha interiores son vacías por estar desenfocadas, abiertas hacía el infinito en todas las direcciones.
No hay verdadero Zen hasta que nuestra práctica no deriva en esta experiencia. Incluso todas las indicaciones practicadas, dadas por el Maestro con anterioridad, no son más que mera preparación.

Hablar mucho sobre Zen y leer con diligencia los textos clásicos, o cualquiera otros, antes de haber profundizado en la práctica, tampoco sirve de mucho. Afanarse en las tertulias sobre Zen o espiritualidad, repitiendo lo que dijo Dogen o fulanito y enzarzándose en debates filosóficos que satisfacen al intelecto, no nos acercará un ápice a Shamadi. Después de tanta verborrea, si no realizamos la vacuidad, nos veremos obligados a asumir que no somos nada más que un saco de carne y huesos que no vale más que un gran montón de heces de perro; el inaguantable hedor que desprende son las partículas invisibles de nuestro sutil ego espiritual que secretamente nos dice “yo soy especial y mi zen es mejor que el vuestro”.
Rendidos a la evidencia, derrotados ante el hecho de que nuestra existencia no vale más que la de un gusano que devora un cadáver, no queda más que continuar practicando, continuar practicando hasta morir en el cojín.