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14 ene 2012

"El Zen viene a ser una falta de visión particular de las cosas" (Dokushô Villalba)

   El pensamiento es la función del cerebro. Ocurre natural y espontáneamente, como el respirar de los pulmones o el latir del corazón. Pero, del mismo modo que estas dos funciones fisiológicas no captan nuestra atención, apoderándose de ella, el pensamiento tampoco deberá hacerlo; esto es hishiryo o el “pensar sin pensar” del Zen. El estado en que los pensamientos aparecen y desaparecen espontáneamente desde el fondo de nuestra consciencia plena sin que absorban nuestra atención, nuestra energía más vital. Por tanto, no es cierto que el Zen determine que haya que alcanzarse un estado de “no pensamiento”, como popularmente se cree, sino que la misión de la práctica Zen es la de instalarse en el estado del “pensar sin pensar” en donde, como decimos, los pensamientos suceden espontáneamente, naturalmente, sin que la atención permanezca establecida en ellos y sin que, en consecuencia, se produzca un excesivo gasto de energía, desvitalizándonos. Para dominar este estado del pensar sin pensar (hishiryo) el Maestro Zen prescribe, como si de un médico del Espíritu se tratara, el Zazen (sentarse en meditación), acerca del cual dará las instrucciones necesarias.

   El Buda enseñó que vivimos en un estado de ensueño que el llamó ignorancia (avidya). Esta ignorancia básica consiste, precisamente, en el hecho de que nuestra atención se haya continuamente fijada en nuestros pensamientos. Este hecho implica, básicamente, que nos perdemos a nosotros mismos en nuestro sistema cognitivo conceptual, representacional y discursivo; el cual filtra la Realidad del  ahora a través de estas tres operaciones básicas del cerebro. Permaneciendo, de esta manera, como en un estado anestesiado de ensoñación despierta que nos impide vivenciar plenamente o ser plenamente conscientes de la Realidad en que se da justo en este momento y que, justo en este momento, está vacía de cualquier categoría que podamos asignarle mentalmente.

   Dicha Realidad que nos brindan nuestros sentidos, filtrada a través de las operaciones mentales, se encapsula, se vuelve limitada mediante la toma de perspectiva que se deriva del análisis cognitivo aprendido. Y mediante el más sutil de los engaños ya no observamos al Mundo en sí sino a su imagen en la foto; o, como diría Platón, ya sólo vemos las sombras del Mundo. Así, todos estos procesos cognitivos aprendidos, o llegados a nosotros desde fuera de nosotros mismos, que toman la forma de dogmas religiosos, sistemas de valores, teorías científicas, terminan actuando como lentes que filtran la luz del Sol antes de llegar a nuestros ojos. Cada lente (cada sistema representacional), con su grosor y color específicos, nos mostrará una luz en una intensidad y tonalidad distinta que ya no será la Luz originaria del Sol inmaculada, sino una especie de extracto de ésta. El mismo lenguaje, a través del cual las operaciones cognitivas se elaboran, es un filtro de la Realidad; el más sutil de ellos. El mismo material del que están hechos todos los filtros cognitivos; como el cristal que compone las diferentes lentes que filtran la luz. Así, continuando con el símil, del mismo modo en que los diferentes sistemas de conocer el Mundo que nos rodea (el mítico, el racional...) se corresponderían con las diferentes lentes con sus particulares grosores y colores, el lenguaje a través del cual los diferentes sistemas de conocimiento se expresan se correspondería con el cristal mismo del que cada lente está hecha. Los maestros Zen de la rama Rinzai comprendieron esto mismo; que el lenguaje es en sí el más sutil y fundamental de los filtros del maravilloso Mundo que nos rodea y, por ello, elaboraron los Kôan, como enunciados sin sentido lógico que, tras el mucho discurrir sobre ellos, que habrá de derivar en el estrés psíquico consecuente, nos habrán de arrojar fuera de la sutil red que el propio lenguaje lanza sobre el mundo.

  Entonces, el encapsulamiento se deshace y la Totalidad innominada e inefable se desata. El sutil velo de la ignorancia cae frente a nuestros ojos. Desaparece la perspectiva y se comprende que Dios no tiene puntos de vista; tan sólo el exquisito orden cósmico Es. Y ese Orden se experimenta como Lucidez y Amor interiores.
 
  Quien así ve, no necesita de ninguna regla moral o ética aprendida, pues él mismo ya es Lucidez y Amor.

4 ene 2012

Nietzsche, Apolo y Dionisos

   Haciendo un análisis de la cultura griega a través de sus dioses Apolo y Dioniso, Nietzsche nos transporta a los conceptos de cultura, estética y orden social asociados al dios Apolo, para él artificiales e ilusorios ya que son construídos socialmente, en contraposición con los de contracultura, deconstrucción estética y anarquía asociados al dios Dionisos, para él verdaderos en tanto que nos arrojan de nuevo al mundo natural o Naturaleza.

   De esta manera, extrapolando esta dicotomía apolíneo/dionisíaco a la cultura contemporánea, podemos decir por ejemplo que asistir al club social (náutico, de tenis, golf,...) al que el individuo está inscrito se considerará una expresión apolínea de nuestra cultura actual, mientras que el trasnochar en una rave improvisada en una playa alejada en donde se escucha música electrónica y se ingieren grandes cantidades de alcohol y drogas se revelará como una expresión dinosíaca de esta misma cultura actual nuestra, en su expresión más contracultural.
Mientras que en la primera el Hombre mantiene el gusto por la norma y lo estético consensuados, en la segunda el Hombre transgrede la norma y la estética, para él artificiales, y se entrega a la “comunión” del grupo ya alejado de la ciudad legislada; y lo hace a través de la pérdida de individualidad y consecuente fusión con el grupo y el entorno natural propios de la embriaguez producidas por el alcohol, las drogas y la música estridente.
Así, mientras que el primero se percibe a sí mismo como el buen ciudadano que en su moderación y autocontrol contribuye al orden social, el segundo se percibe a sí mismo como el Hombre liberado momentáneamente del yugo de la artificiosa cultura limitante.

   A veces pareciera que Nietzsche, en su afán de que seamos más auténticos, nos invitara, incluso nos empujara, a trasgredir las normas estéticas (apolíneas) y entregarnos al instinto (dionisíaco).
En mi opinión, la búsqueda de equilibrio y autocontrol de Apolo así como el exceso y caos de Dionisos son, como bien sugiere la cultura griega y el mismo Nietzsche, dos opuestos pero complementarios; y, en tanto que esto último, añado que posiblemente conciliables en un orden mayor plenamente vivencial que sólo podrá conocer e integrar en su existencia particular, aquel valiente investigador de la Vida que haya salido de la seguridad de la cultura de Apolo que le vio nacer y, con nocturnidad y alevosía, se haya entregado momentáneamente -como si de un antropólogo en un ritual de iniciación de una tribu amazónica se tratara- a la contracultura de Dionisos, de manera que -en la misma forma en que el antropólogo extrae el conocimiento de los aborígenes, lo toma para sí y lo integra en su vida cotidiana- éste vuelva a su rutina diaria integrando lo mejor de cada mundo, el cultural y el contracultural; esto es, la libertad interior del Hombre engendrada por el Dios Dionisos discurriendo sin resistencia como agua fresca de lluvia que cae y es amablemente direccionada por las calles de la ciudad bella y ordenada del Dios Apolo, limpiando la polución del asfalto geométricamente distribuido, intoxicado de partículas de goma de neumáticos, colillas de tabaco, tickets de cajeros, folletos publicitarios y alguna que otra lágrima ya reseca en el pavimento.

8 dic 2011

Kant y el sentido de la Historia

  Es interesante la visión que Kant tiene de la Historia; el modo en que la percibe, hablándonos en repetidas ocasiones acerca de la dinámica y propósito ocultos de la Historia de la Humanidad.
 
  Así, para esclarecer las fuerzas y finalidad ocultos de la Historia, Kant, mediante su particular observación del mundo, nos ofrece dos premisas básicas que habrán de ser el hilo conductor de toda su teoría.
La primera, establece que todo ser vivo está creado por la madre Naturaleza de manera que su tendencia “natural” es la de desarrollar su máximo potencial. El hombre, como ser vivo consciente de sí está, además, codificado para desplegar su máximo potencial, a través de esta autoconciencia de la que carecen el resto de animales.
La segunda premisa, presenta a la Naturaleza como un todo orgánico de carácter teleológico -o con un fin establecido- que bien podría determinarse como el Espíritu del Mundo en movimiento hacia una meta dada de antemano.
En la combinación de estás dos ideas fundamentales, Kant, nos presenta una especie de desarrollo filogénico del Hombre como especie, que se lleva a cabo a través de la Historia.
 
  Como señalábamos, el Homo Sapiens, a diferencia del resto de animales, es autoconsciente, y será esta conciencia de sí la que lo posibilite para evolucionar desde su brutalidad animal instintiva, plenamente libre y egoísta, hacia desarrollar su máxima capacidad, en tanto que Ser Humano, en el despliegue de su potencial capacidad de raciocinio, que frenará su instinto, libertad individual y egoísmo, en favor de una colectividad social que adquiera la forma de Estado civil; cuyo desarrollo culminará, según el propio Kant, en la asociación de los Estados civiles en el gran Estado Cosmopolita.

   Continúa diciendo Kant, que dicho potencial Racional, por su complejidad, no podrá ser plenamente actualizado por medio de una sola generación de individuos; así que serán necesarias innumerables generaciones de éstos para desplegar toda esta Racionalidad latente en el Hombre. Y esto lo hará a través del trascurso de la Historia. La Historia en sí, desde el punto de vista kantiano, no sería otra cosa que el doloroso parto de la Naturaleza o Espíritu del Mundo, que traerá a este mundo manifiesto a la Razón Pura, a través de los Hombres.
  
  Añade que este desarrollo filogénico que implica la Historia del Hombre, se lleva a cabo mediante continuas fuerzas de tensión que se dan entre, por un lado, su tendencia natural hacia su animalidad instintiva, plenamente libre y egoísta, que tanto daño infringe al propio Hombre, y por otro lado, su necesidad de superar tanto conflicto dañino para sí mismo, mediante la cuartación de la propia libertad en favor de la de los demás y por medio de la creación de asociaciones de carácter social. Y así, una y otra vez, deambulando entre procesos de creación y posterior destrucción (mediante los diversos enfrentamientos bélicos, alianzas y otros) para, posteriormente, crear nuevas asociaciones cada vez más acordes con el fin que le es propio a la Naturaleza hasta desembocar en la asociación autosuficiente, plenamente regida por la legislación civil, a la que todo ciudadano se someterá por voluntad propia; culminando, finalmente, como decíamos, en la asociación de Estados civiles en el Gran Estado Cosmopolita.

  Todos estos procesos de destrucción de órdenes sociales y creación de otros nuevos, mediante las fuerzas antagónicas y complementarias fundamentales (individualismo Vs sociabilidad), son la Historia, que a su vez es las huellas visibles de la Naturaleza o Espíritu del Mundo en movimiento hacia su fin último, que consiste en el despliegue de la Razón en el Mundo manifiesto, a través del propio Hombre.
 
  Termina, Kant, diciendo, que la Filosofía está en condiciones de intuir este fin oculto de la Naturaleza a través de la Historia y, en consecuencia, elucubrar acerca del futuro y posible Estado cosmopolita que habrá de ser la finalidad del Hombre en este mundo.

    La Historia del siglo XXI, la globalización no sólo económica y técnica, sino también política y cultural, nos desvela que puede que Kant no andara mal encaminado y nos hayemos inmersos en el proceso que describe.

4 dic 2011

El Eros de Platón o el impulso que madura al Hombre

  Conforme a la teoría Platónica, existe un Amor trascendente, o Eros, que no se refiere a “lo amado supremo” (como si de una Divinidad se tratara), sino que es referido a “lo que ama” o “el impulso que ama”. Este Eros no es, por tanto, el Amor mismo encarnado en un Dios -no es el Gran Amado-, sino que es una especie de demon a medio camino entre lo mortal (el Hombre) y lo inmortal (lo Divino). Es el nexo de unión de ambos mundos. La fuerza motriz que empuja al Hombre hacia lo Divino. Siempre ascendente desde el mundo de la forma (lo terrenal) hacia el mundo de la no-forma (lo Divino). Eros es el amor por las cosas bellas; es el amor por la creación de las cosas bellas. Y, para el que sabe mirar, ¿qué hay más “bello” que el Conocimiento? El Conocimiento crea cosas Bellas, el Conocimiento también es Bueno. Así, en un sentido amplio y abstracto, “lo bello”, “el conocimiento o lo verdadero” y “lo que es bueno o conveniente”, son tres aspectos del mismo principio supremo, que es Lo Divino.

  Ni los Dioses ni los hombres ignorantes se ven afectados por el Eros. Los primeros, por ya estar impregnados de los atributos divinos; no se desea aquéllo que ya se posee. Los segundos, por no echar en falta estas virtudes; el que no cree estar necesitado no desea lo que no cree necesitar.
Tan sólo los que se hallan en medio de estos dos, los hombre racionales, se ven tocados por el Eros y aspiran, por el amor que éste les insufla, a acariciar lo Divino a través del cultivo de los atributos que le son propios; esto es el cultivo de lo Bello, lo Verdadero y lo Bueno en ellos mismos y, a través de ellos mismos, en todo lo que “crean”.

  El Hombre, además, tiene miedo a la muerte y anhela la inmortalidad de lo Divino. El mismo proceso creativo es, también, una forma en que éste -con su cuerpo mortal- trata de acariciar la inmortalidad que es propia de lo Divino y sus atributos (lo Bello, lo Verdadero y lo Bueno). Así, a través de la creación, lo mortal en el Hombre busca lo inmortal en Lo Divino.
A través de la procreación física entre Hombre y Mujer, lo mortal también persigue a lo inmortal. De manera en que lo que ya está envejecido y se marcha deja paso a lo nuevo y semejante.
La búsqueda de la gloria y la fama es otra forma de persecución de la inmortalidad. Tratando, el Hombre, de permanecer siempre vivo en las mentes de las generaciones venideras.
Por estos procedimientos, lo mortal participa de lo inmortal. Pero no es lo “inmortal en sí”, sino una simple “imagen” de ello; del mismo modo que las huellas del buey nos sugieren a éste pero no son el propio buey, sino su rastro.

  Tan sólo al final del recto camino en las cosas del Amor (del Eros), el Hombre experimenta la “inmortalidad en sí” (y no su reflejo) por medio de la captación de la Belleza Misma inmaculada que instantáneamente refleja lo Puramente Verdadero y lo Puramente Bueno inmaculados; que son tres en Uno solo -Lo Divino-.
Pero para llegar al final del camino el iniciado habrá de recorrer todo éste. Primero, el joven iniciado habrá de encaminarse hacia el amor sensual que le evoque un cuerpo bello. Ahí se instalará y reconocerá que está enamorado, y el amado será su fuente de inspiración. Más tarde, habrá de reconocer que la belleza que hay en un cuerpo es afín a la que hay en otro, considerando una y la misma belleza en todos los cuerpos. Así, debe hacerse amante de todos los cuerpos bellos, y no de uno solo. A continuación, debe percatarse de la mayor valía de la belleza del alma en detrimento de la belleza del cuerpo, de manera que si alguien es virtuoso de alma, y no lo es tanto de cuerpo, esto primero habrá de ser suficiente para amarle. Desde esta fase en que se reconoce la belleza del alma antepuesta a la belleza corporal, el aprendiz contempla la belleza que reside en las rectas normas de conducta y en las rectas leyes. Esta comprensión habrá de conducirle al reconocimiento de una belleza aún mayor, la inherente a la Ciencia y al conocimiento que de ésta se deriva, y a la comprensión de que este conocimiento no puede más que engendrar cosas buenas. Aquí comienza el proceso creativo del individuo ya maduro. Sus ideas, sus discursos, repletos de amor por la sabiduría estarán impregnados de belleza y serán necesariamente buenos. Quien hasta aquí haya sido instruido en las cosas del Amor (del Eros), tras haber contemplado las cosas bellas en su correspondiente orden de gradación ascendente a lo largo del camino, llegando ya al término de su iniciación amorosa (del impulso del Eros), y por medio de una última transformación interna o metanoia, le será entonces revelado aquéllo por lo que mereció la pena todo el recorrido; esto es la contemplación de la “belleza en sí”, que es la “verdad en si” y el “bien en sí”. Lo Verdadero es siempre Bueno y ambos resplandecen Bellos. Porque el que debidamente adiestrado capta la “belleza en sí” y no su reflejo en las cosas de este mundo, experimenta en su alma la Belleza misma; la cual es más verdadera que cualquiera de sus proyecciones, siendo esta “belleza en sí” la Verdad misma. Y esta alta Verdad es necesariamente la más buena de las cosas, es la Bondad misma.

   Así, el Hombre instalado en la captación de la eterna Belleza misma, que es la Verdad y la Bondad mismas no creadas ni perecederas, se sienta al lado de los Dioses y puede sentir la inmortalidad de su Alma radiante y veraz; pues se da cuenta de que esta alma suya o simplemente Ser que es, al igual que todos los Dioses, ha sido creada por Lo Divino y participa de su “esencia”.

5 may 2011

Nunca es lo que haces, sino cómo lo haces

  Nunca es lo que haces, sino cómo lo haces. "Ama, y haz lo que quieras", dijo San Agustín. Porque cuando verdaderamente amas (más allá de las formas) no te vale hacer cualquier cosa, sino solamente aquello en lo que pones corazón. Así, bajo los designios del Amor, sólo quieres hacer cualquier cosa en la que pones corazón. La Vida, finalmente, es una cuestión de “actitud”, de actitud amorosa que perfila tu actuación.
Y la actitud apropiada, la que brota instantáneamente del corazón, se manifiesta cuando el yo biográfico se desliza a un segundo plano (a través de zazen) y el Yo Radiante, de simplemente Ser, se manifiesta.
En el Yo auténtico, de simplemente Ser, que se experimenta a través de la sinergia cuerpo/mente (que deriva de zazen) no hay ego que trate de manipular la realidad (subjetiva u objetiva que experimentas a través del conocimiento aprendido), sino tan sólo Ser que experimenta la Pura Realidad. Es, entonces, cuando, como expresión de este simplemente Ser que esencialmente eres, no usas ni te dejas usar por nadie, en un exquisito fluir sin resistencia que refleja la armonía de la totalidad del Cosmos que eternamente danza; es aquí cuando ves en cada ser humano al que miras a la Humanidad entera, comprendiendo que dañar al otro es, esencialmente, dañarte a ti mismo; es cuando la Vida se torna fresca a cada instante y la Realidad Dichosa y Luminosa de la Pura Conciencia que Eres, se vierte en cada forma perfecta que experimentas a través de tus sentidos; es cuando tomas los conocimientos adquiridos y los dejas reposar en tu Corazón para que, juntos, trabajen, intuyan y creen algo nuevo que venga exclusivamente de ti mismo; y es cuando comprendes que la Vida no se puede entender, tan sólo “sentir”... Entonces, ahora, es el puro Ser que eres el que realiza tu Vida, y la Tierra y los Cielos y todo lo que contienen se tornan el Paraíso perdido; Adan y Eva han sido readmitidos en el jardín del Edén, el hijo pródigo ha vuelto a casa. Marcharon inconscientes e ignorantes y regresaron lúcidos y sabios. Algarabía final en este viaje que es el milagro de la Vida. Dichosa aventura de vivir... ni cogí las flores, ni temí a las fieras y pasé los fuertes y fronteras -evocando a San Juan de la Cruz-.

  -A mis amigos Tete y Lina o Lina y Tete, que de forma innata y sin esfuerzo ponen Corazón en todo lo que hacen-

2 dic 2010

Mente Vs Consciencia

  Cada pensamiento egóico deja una semilla en la Consciencia a modo de “estado de ánimo” que germina si lo nutrimos con más pensamientos, quedando esta Consciencia velada. Estos pensamientos u objetos mentales pueden ser placenteros o hirientes; la mente gusta de ambos en igual modo para mantenerse activa y dominante, y así velar a la Consciencia.

  Mente vs. Consciencia; ésta es la lucha que habrá de librar el Guerrero interior para conquistarse a sí mismo y conquistar, así, al Mundo, reencontrándose nuevamente con éste a través de la Realidad no filtrada por los objetos de su mente. La virtud o el vicio, la complaciencia o la vergüenza, los objetos de deseo o de rechazo, son como nubes blancas o grises que ocultan al Sol filtrando su Luz... la Luz de la Consciencia interior, que es experiencia directa del Mundo. Luz que muestra al “objeto en sí” o Noúmeno Kantiano, en lugar de a la proyección mental de la idea de éste sobre lo visto. Luz sin filtros; Luz de lucidez, de quietud en movimiento, de eficacia sin caprichos, de plenitud y unidad vacía de contenidos; nada tengo y todo cabe, de simplemente Ser y, ya  sin objetos internos o externos, tan sólo callar por dentro y por fuera... rasgar la traslúcida tela que cubre al Mundo y que nada estropee este dulce encuentro.

  “Un hombre puede conquistar diez mil hombres en batalla mientras otro hombre puede conquistarse sólo a sí mismo... sin embargo, éste último, es el que obtiene la mayor victoria” -Buda (Dhammapada)-

14 nov 2010

Acerca de la verdadera felicidad

  Aún recuerdo la sensación de incredulidad que se me quedaba cuando oía a mi maestro decir “tienes que unificar cuerpo y mente para recuperar tu mejor estado”. Entonces, perplejo, me perdía en la literalidad de la frase y en medio de tanto absurdo racional no quería más que salir corriendo. Sin embargo, entre tanta confusión, finalmente, un pequeño e incomprensible voto de confianza se abría paso de entre lo más hondo; como una pequeña e incongruente pizca de fe que brotara de alguien que no cree en Dios. Y así me mantenía anclado a la silla. Sin negar que, al menos un par de veces, salí de allí refunfuñando mentalmente lo, cuanto menos, estúpido que todo aquello me parecía.
Trascurrido el tiempo… mucho tiempo, terminé comprendiéndolo en medio de una suave sonrisa que endulzó todo a su paso mientras me fundía en aquella danza sincrónica de movimiento de recipientes, sartenes, alimentos y yo mismo, inmersos todos ellos en la cocina, en una ordinaria tarde de una hora común en que la mayoría de nosotros preparamos el almuerzo. Me percaté, entonces, de que lo que la frase encerraba no podía ser captado íntimamente por mi intelecto y que esa codificación intrínseca de la misma sólo me podía ser revelada a través de las prescripciones recibidas por el guía, que incidían en la importancia del cultivo sostenido de la atención; tanto en la inmovilidad de la meditación como en la acción del movimiento.
Una atención que consiste, sencilla y pacientemente, en enfocar la mente en la inmovilidad o en la acción de forma sostenida, sintonizando con ellas. La mente tenderá a irse a sus cosas… no pasa nada; observar con atención hasta que amablemente vuelva, pero siempre con atención, siempre la atención. Y es en esta sintonización de la mente con el cuerpo (inmóvil o en acción), que se obtiene mediante el cultivo sostenido de la atención, en donde, finalmente, se experimenta subjetivamente como si cuerpo y mente se fundieran (unificaran) en una síntesis que, maravillosamente, habrá de generar algo mayor que la suma de ellos mismos. Este "algo mayor a la suma de ellos mismos" es una suerte de sinergia cuerpo/mente que, a falta de vocablo en lengua española que lo exprese, bien podríamos llamar espíritu o conciencia consciente de sí o Ser; en donde, finalmente, nos re-unificamos con nosotros mismos recuperando nuestro mejor estado. En el re-conocimiento de éste, nuestro mejor estado, experimentamos una dicha silenciosa a la que los Maestros Zen llaman, mediante su lenguaje escurridizo al intelecto, silencio atronador. Esto es simple plenitud o felicidad innata, desenterrada de entre tanta basura mental vertida al cabo de los días que termina separando nuestro cuerpo de nuestra mente.

  Y es tan sólo cuando alcanzamos este estado físico-psíquico de integración cuerpo/mente, que sinérgicamente deriva en el Ser o espíritu o conciencia consciente de sí que somos, cuando nos damos realmente cuenta de que antes de esto vivimos a medias o fragmentados por la mitad, con un cuerpo aquí y una mente allá (en la espesa bruma cerebral de la fantasía y la elucubración mental); anestesiados, así,  de la Realidad que es únicamente aquí y expresamente ahora.
Vivir no fragmentados, plenamente, vivir de verdad aquí y ahora en cuerpo/mente, en nuestro estado original que es nuestro mejor estado, es, por tanto, traer a la mente aquí con el cuerpo que está aquí, y hacerlo ahora a través de la atención; pero no se trata sólo de traer a la mente junto al cuerpo, sino que, además, hemos de permitir que ésta se funda, sencilla y naturalmente, con él, mediante, como decíamos, una síntesis sinérgica de cuerpo/mente que nos rebela al Ser o espíritu o conciencia consciente de sí que ya somos desde siempre.
Un Ser que somos, que es pleno en sí mismo por ser dependiente exclusivamente de sí mismo, que posibilita y sostiene al ego (o  yo virtual y parcial) con el que, erróneamente, nos terminamos identificando a causa de tanta elucubración mental vertida sin control. Un ego que depende, en última instancia, de las "ideas mentales" que de sí mismo, de los demás y del mundo se forma, y dependiente, también, de los demás egos con los que interactúa. Un yo al que llamamos virtual porque se nutre de "imágenes e ideas puramente mentales" y de "impresiones subjetivas construidas a base de dimes y diretes". Así, este  yo, de tanto elucubrar e imaginar a destiempo y durante tanto tiempo, termina creyéndose su propia representación del mundo, que no es el mundo en sí.

  Esta práctica, que es cultivo sostenido de la atención, nos permite comprender, finalmente, que la verdadera felicidad o felicidad innata -que es la que no depende de nada ni de nadie- habrá de nacer de la re-unificación cuerpo/mente, que sinérgicamente deviene en el Ser. Esta felicidad vital nacerá de la plenitud sin forma ni contenido mental alguno en que esta nueva unidad deriva, como pura conciencia de simplemente ser, que dependerá exclusivamente de sí misma.
“Yo Soy”, no depende de nada ni de nadie. Simplemente, Soy. Y cuando este "Yo soy" se actualiza plenamente a través de la atención sostenida, entonces, plenamente somos. No hay objeto mental (conceptual) que sume o reste nada a este vacío y a la vez pleno “Yo soy” que cada uno de nosotros somos. Y en esta plenitud desnuda que soy antes de vestirme con las miles de categorías mentales que tengo la capacidad de establecer, siento felicidad innata sin contenido concreto... Inmerso en el ingrábido abismo del Ser, sin categorías mentales que fragmenten mi Yo en miles de trozos desperdigados, aquí, nada me sobra y nada me falta.

  Pero en la vida ordinaria buscamos la felicidad, como sinónimo de plenitud, a través de ideas gestadas interiormente que perseguimos exteriormente. Sin darnos cuenta de que la "felicidad que es a la par plenitud" no está, realmente, en convertir esas ideas en objetos reales y situaciones objetivas, lo cual no es más que efímera consumación del placer mental (felicidad parcial), sino que, muy al contrario de lo que se cree, esta "felicidad plena" es un estado puramente interno que depende exclusivamente de sí mismo (de mí mismo, de ti mismo...); de nuestro Ser que somos.
Existen, por tanto, dos tipos de felicidad a las que el Hombre puede acceder: la felicidad parcial, puramente externa (dependiente de agentes externos), efímera, que se sacia en la consecución de algo y vuelta a empezar en la búsqueda de más felicidad (parcial), en una espiral desvitalizante sin fin. Y la felicidad plena, puramente interna, accesible en cualquier momento (mediante el método adecuado) y, por tanto, siempre presente, que se sacia en la manifestación consciente de ella misma pero no se agota; felicidad sin forma, sin categoría mental ni objeto físico ni situación concreta; felicidad innata que perdimos cuando nos volvimos imaginativos, especulativos y reflexivos.
 
  Sin necesidad de renunciar a la felicidad externa, aquélla que nos es promovida por las gratificaciones sensoriales que nos brinda nuestro mundo sensorial, hemos de recuperar nuestra felicidad innata para acabar con la enajenación provocada por lo sensorial, que derivó en la alienación a causa del deseo desenfrenado hacia lo puramente físico (de los sentidos), que, junto con "lo reflexivo, lo especulativo y lo fantaseado", terminaron enmudeciendo a lo puramente interior... Ahora, la mayoría de nosotros somos como burros hambrientos con anteojeras que persiguen la zanahoria al final del palo portado por quienes los montan, sin percatarse los pobres pollinos de que se desplazan por un prado cubierto de hierva fresca.